Apenas bajamos del ferry en Picton, el día no ayudaba en lo más mínimo. Una lluvia finita y un fresco importante opacaban el lindo pueblito que nos habían comentado. Fuimos en busca de un desayuno potente pero los precios estaban algo salados. Desistimos y seguimos viaje.

En el camino paramos en Blenheim, desayunamos en Mc y dormimos dos horitas reparadoras en el auto frente a un parquecito. Una vez mas fresquitos, continuamos y el día comenzó a mejorar notablemente. Cuando nos quisimos acordar, comenzamos a bordear la costa este de la isla sur y mis ojos se desorbitaron al ver el mar tan celeste como el mar caribe. No me alcanzaban las manos para sacar fotos, y cada vez que podíamos, parábamos en uno de los tantos miradores que hay en la ruta.

Un poquito más adelante, recordamos el consejo de nuestra amiga Flor de pasar por Kaikoura, donde encontraríamos animales marinos entre las rocas. Dicho y hecho.

Se nos transformó la cara como a dos nenes cuando paramos el auto y a dos metros teníamos a los lobos marinos durmiendo, jugando o dando vueltas en el agua. Es tanta la confianza en lo que se refiere a preservar la fauna de cada lugar que no tenes ni un límite para acercarte así que nos metimos ahí entre ellos que son sencillamente geniales. Incluso, llegamos a ver cartelitos de que prestes atención a la noche en la ruta porque a veces les pinta irse a dormir muy arriba.

Como me viene pasando, me enganché con esto de las leyendas de este país así que busqué de dónde salía Kaikoura y esto encontré: El nombre de Kaikoura es el reflejo de la cultura maorí. Tama ki Te Rangi llegó a Kaikoura hace cientos de años cansado y hambriento. Encontró una gran cantidad de cangrejos, encendió un fuego y los cocinó para aplacar su hambriento estómago. La llamó “Te Ahi Kaikoura a Tama ki Te Rangi” (el fuego que cocinó la comida de Tama ki Te Rangi). Kai (comida) Koura (cangrejos).

Los europeos llegaron a la zona en 1770, cuando el capitán Cook descubrió la península de Kaikoura. Los barcos andaban por la zona por la gran cantidad de ballenas que podían capturar, y las empresas tenían almacenes y oficinas en la ciudad. A mediados del siglo XX el gobierno neozelandés reguló y prohibió la captura de ballenas en sus aguas. No tuvimos la suerte, pero dice que se puede ver cualquier día ballenas o delfines chapoteando en el mar.

Después de un rato de fotos y asombro por cualquieeeeer cosa que hacían los lobos marinos seguimos camino a Christchurch, donde acordamos con Flor, una amiga de Agus, que nos recibiría en la casa de un amigo y nos hospedarían esa noche para no andar a la deriva.

 


Muchos nos habían hablado de Christchurch, para bien y para mal. Otros tenían sensaciones encontradas y creo que en las poquitas horas que estuvimos fue lo que nos pasó. Esta ciudad, bastante grande para lo que veníamos visitando, sufrió un gran terremoto de 5,2 en el año 2011 y desde entonces se está “reconstruyendo”. De entrada nos topamos con lo clásico en Nueva Zelanda, la calle principal con Mc, Burguer y KFC y un poco más adentro un río o arroyo cruzando la ciudad (que nos recordó mucho a Cuenca, Ecuador), parques, muuucho arte callejero y casas muy bonitas. En cuanto comenzamos a decir que realmente nos habían pintado algo que no era empezaron a aparecer montones de andamios, estructuras destruidas, paredes rotas y baldíos. Los conos naranjas se hacían presente en montones de lugares y ahí entendimos aquello que nos habían contado. Es por eso, que para los que vienen a trabajar a Nueva Zelanda muchos recomiendan esta ciudad ya que se busca mucha gente para trabajos en el rubro de construcción.

A la tardecita nos encontramos con Flor y nos fuimos para la casa de Lucas, Agus y Roque, tres argentinos muy buena onda que nos prestaron los cuartos que sobraban de su casa para que pasemos la noche. Aprovechando que acá oscurece después de las 9 de la noche, nos fuimos al Jardín Botánico con Flor y Lucas a tomar unos mates y charlar un poco, mientras los patos salían de la laguna y nos exigían comida. Para variar, nos perdimos ahí adentro (no me quiero justificar pero es enorme!) y después de un rato dando vueltas encontramos el auto y volvimos para la casa. Pizza, birra y charloteo durante un buen rato y, rebotando de Argentina hasta Japón dirían por ahí, nos reímos muchísimo y recordamos cuánto extrañábamos esos ratos con latinos.

 

Nos quedaba más de un día por delante antes de tener que llegar a Alexandra, así que con los consejos de los chicos armamos nuestro sábado turístico y rajamos de Chch.

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