Después de tanta comodidad en una casa y un barrio que ya sentíamos muy nuestros nos fuimos para el sur. La excusa principal era la temporada de cerezas que arranca a mediados de diciembre para la cual miles de personas como uno se van para Alexandra o Cromwell a hacer picking de esta fruta. Leímos experiencias excelentes al respecto y otras muy malas así que pese a las mil dudas que teníamos, nos vinimos a ver qué tan mito son las famosas cherries.

Una de nuestras ideas era irnos de la Isla norte y recorrer bajando hasta cruzar la isla. Taupo, era uno de los destinos que más nos había recomendado nuestro amigo quiteño Roberto y donde teníamos pensado hacer paracaídismo (plan abortado después de ver el falso clima del pronóstico). Cuando nos empezó a dar hambre, optamos por un almuerzo a orillas del Lago Taupo, el más grande de Nueva Zelanda.

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El nombre “Taupo” proviene del idioma maorí, Taupō-nui-a-Tia, que, traducido al español, significa: La gran capa de Tia (Tia fue el descubridor del lago).

La ciudad se ubica a la orilla del lago y para no ser menos es otro de los tantos terrenos volcánicos del país. Una explosión volcánica en el año 186 a.c. fue el que desembocó en este lago de 619 kilómetros cuadrados. A su alrededor se ubican las montañas Tongariro, Ngaruhue y Ruapehu todavía activas.

 

El paisaje fue excusa perfecta para nuestra primer parada del día y enojados con lo que el pronóstico nos había indicado, pudimos disfrutar del sol en la playita pero no de las actividades que teníamos pensado para esta ciudad. La famosa caminata por el Tongariro, volcán así que la tildamos para volver a visitar en nuestra vuelta a la Isla Norte.

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Seguimos ruta hacia Wellington, donde partiría nuestro ferry a las 2:30 am. El horario en parte nos convenía para no pagar la noche en ninguna acomodación, pero por otro lado, en Nueva Zelanda hacer tiempo hasta esa hora es un temita considerando que todo cierra super temprano. La clave era que íbamos a la capital del país, algo tenía que haber.

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Después de largas horas, paradas en pueblitos con montañas nevadas de fondo, muchos termos para el tereré y un cansancio fatal (aplausos para Tin que se manejó todo) llegamos. No teníamos bien en claro a donde ir, yo había averiguado un par de cosas turísticas para hacer pero ya era la tardecita y cuando nos quisimos dar cuenta la ciudad nos había colapsado. Discusiones, mal humor, edificios, fastidio, gente y autos por todos lados. Tratamos de calmar las aguas yendo al mirador del Monte Victoria desde donde se puede ver la ciudad en 360º y como tantos otros montes de Nueva Zelanda, la gente aprovecha para ir a hacer ejercicio, sacar fotos o sentarse a disfrutar de la vista. A continuación copio algo que encontré chusmeando sobre esta ciudad y el monte:

 

La leyenda cuenta que el puerto de Wellington, que originalmente era un lago rodeado completamente de tierra, era el hogar de dos taniwha (monstruos marinos) grandes y muy activos. Un taniwha forjó un pasaje hasta el mar abierto creando la entrada al puerto. El segundo, llamado Whataitai, probó una ruta diferente pero encalló y murió. Se cree que Tangi-te Keo (monte Victoria) recibió su nombre por el alma de Whataitai.

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El monte Victoria es parte de Wellington Town Belt, tierra separada en 1841 por la empresa colonial New Zealand Company para crear un “espacio recreativo público para los habitantes de Wellington”. 

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Una vez que nos dimos cuenta cuan desacostumbrados estábamos a la muchedumbre de la city bajamos revoluciones y dimos un par de vueltitas por las calles principales de Wellington. De noche no pudimos ver mucho mas que bares, negocios y mucha gente joven literal y de espíritu (?) no como nosotros que nos fuimos al Burger a cargar el celular y de ahí a la estación del ferry a dormir hasta las 2 de la mañana con un viento que sonaba como la gran siete [Mi abuela dixit].

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Al igual que en el buquebus, embarcamos tranquilos y entramos a un pseudo cine en donde me desplomé incomodísima en un asiento sin importar todo el ruido que hacía esa película de acción de fondo que, por supuesto, Tin se quedó mirando pese a todo el sueño que tenía.

Así nos despedimos de la Isla Norte, con mucho pendiente para volver a visitar y pasear con tiempo. Pero de la Isla Sur nos habían hablado tantas cosas lindas… era hora de chequearlo 🙂

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