El fin de semana Brendan, un poco suelto por la ida de Vanessa, nos invitó unas cervezas y nos llevó a conocer Piha Beach, playa surfer medio escondida con una gran roca en el medio. La noche estrellada y de luna llena hizo que sea un momento perfecto.

Es increíble como Brendan se siente reflejado en nosotros. Nos ve y recuerda, constantemente, sus viajes por Sudamérica, en especial por Colombia, y sonríe. Mucho. Creo yo que esta estadía con él no solo fue de gran utilidad para nosotros sino que para él también ya que se dio cuenta que, en este mundo capitalista en el que vivimos, todavía existe gente con espíritu viajero y con ganas de vivir cada día como si fuera el último. Él lo extraña, a montones, pero al menos se conforma con ver que alguien sigue los pasos que siempre quiso y pudo seguir.

Uno de los principales objetivos que teníamos al llegar a Nueva Zelanda era comprar un auto. Vimos uno que un backpacker se quería sacar de encima así que ni lo dudamos. Nos encontramos con el pibe, un argentino no más grande que nosotros que se estaba volviendo para el país. Después de probarlo – y frenarlo con tanta fuerza que casi me desnuco – le dije que se lo comprábamos. Por la necesidad de venderlo, pudimos sacarselo más barato de lo que estaba en un principio. Pero como siempre dicen nuestras madres, abuelas y tías: LO BARATO SALE CARO.

Tuvimos el gran desafío de llevar el auto desde el centro (en plena hora de tráfico heavy) hacia la casa de Brendan que queda en las afueras y en unas subidas empinadas y con muchas curvas. Para empezar nos perdimos y no sabíamos como salir del tremendo quilombo que era el Downtown. Por suerte entre los dos siempre nos calmamos y, después de cruzar los dedos para que no se nos acabe la batería del celular, llegamos a destino. Al día siguiente ibamos a llevar al auto al taller para hacer la WOF (verificación obligatoria en Nueva Zelanda que se le hace a todos los autos “viejos” cada 6 meses).

Nunca pudimos llegar al taller ya que el auto se nos sobre calentó y por poco se nos queda mientras subía una de las peligrosas curvas de Piha Road. Después de que se enfrío, le puse agua y pude llegar a la casa de Brendan, con una gran ayuda de mi amigo Javo pude notar que el radiador estaba roto.

Se imaginarán la sensación de mierda que tuvimos. El comprar algo con confianza en el otro. Sabeindo que la persona a la que se lo compras estuvo en tu misma situación. Pero bueno, es respirar, calmarse y darse cuenta, como nos dijo nuestro querido amigo kiwi “es solo un auto”. Por una módica suma (nada de módica pero dentro de nuestro presupuesto) nos dieron el nuevo radiador, otras cosillas que tenía mal y el WOF. Lo aspiramos, lo limpiamos y lo dejamos listo para salir a la aventura.

Después de todas las idas y vueltas que tuvimos con este auto (no se dan una idea de lo resumido que hice esto para que no se haga más largo y tedioso) no dudamos ni un segundo en llamarlo el APACHE. ¿Por qué? Porque tuvo sus buenos y malos momentos, estuvo caído y se volvió a levantar. Pero sobre todo, porque siempre va  a ir humilde y silbando bajito.

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