Una de las razones por las que vinimos a Cali fue porque es reconocida mundialmente como la “meca” de la salsa. Ludy, sentía que era un paso obligado para su fanatismo por el baile. Mañana ella se va sin bailar ni un paso pero dijo algo que me quedó: “No me llevo nada del baile pero me llevo cosas que no esperaba y que me encantaron”. Por mi parte me sentí cumplida.

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Estos días en Cali fueron moviditos. Ayer, martes, fuimos junto a Andrés y su amigo Camilo al Museo Arqueológico de Cali. Interesante como siempre conocer un poco más de la vieja cultura latinoamericana. Paseamos por el centro, y luego subimos a una iglesia donde se puede ver Cali desde arriba. Ya era de noche, así que las luces lo hacían aún mejor.

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Hablé mucho con Camilo y me sorprendió que me haya dicho cuanto le gustó el blog y la manera en que escribía, que se entretenía constantemente y se sentía parte de las historias. Nada mas reconfortante que alguien que veo por primera vez en mi vida me diga eso! Me contó que su infancia tampoco fue fácil, que él también quiere viajar, y que cuando tenía 12 años o por ahí se hacía unas monedas en el semáforo haciendo circo con un amigo. Justamente su amigo apenas tenías para comer, y un día la vida le dibujó una sonrisa, y audicionó para un circo. Ahora está en Aruba, haciendo lo que lo hace feliz. Hablamos de miedos, golpes, obstáculos, pero más hablamos de maneras de superarlos y filosofías de la vida.

Volviendo por la noche y charlando los cuatro de comidas, nombramos a las milanesas. Automáticamente dijimos: Hoy van a probarlas. Fuimos al super, y fue un poco complicado conseguir exactamente lo q queríamos pero al fin, salió. Las preparamos en la casa de Andrés con puré de papa y dejamos a todos fanatizados por las milangas =)

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Hoy decidimos ir a la finca de la prima de la madre de Andrés, y lo mejor es que éramos un montón. Padres, Andrés, su novia, dos amigos, Mati (lo reencontramos! ya lo extrañábamos), su amigo neozelandes, Ludy y yo. Nos tomamos un micro en el centro y después de una hora llegamos a Felidia, un lugar precioso entre montañas donde ves a las nubes de cerca.

La idea de ir al río empezó a maldecirse cuando empezamos a caernos una y otra vez durante el camino. Era bastante empinado y resbaladizo así que me llevo un par de recuerdos y marcas de ramas, piedras y demás. Al fin llegamos, comimos unos sanguchitos, algunos se animaron a meterse en el agua fría, y pasamos un lindo rato escuchando el río pasar. La vuelta creímos que iba a liquidarnos, sin embargo, fue mejor que la bajada.

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Para no perder la costumbre, la madre de Andrés nos preparó comida muy rica y después de un rato de charlas emprendimos la vuelta.

Habrá sido una hora de caminata, con el sol poniéndose entre las montañas y charlando con Ludy de una manera que tal vez nos debimos (o le debí) durante todo el viaje. Las dos lo disfrutamos y por eso a mitad de camino nos abrazamos sin más nada que decir.

El viaje de vuelta fue larguísimo y agotador. Por más intenciones de rumba que hubo Lu desistió y nos quedamos en la casa.

Recién me dijeron que en las fotos se me ve más feliz que nunca y es verdad. Me sobran motivos.

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