El precio y el hecho de haber encontrado un argentino con una uruguaya nos terminó de convencer pese a que el tipo no inspiraba demasiada confianza. Caro dice que es por lo fumado que estaba, se trababa, dudaba mucho cuando hablaba, tal vez sea eso. Nuestro “cuarto” merecería un capítulo aparte pero sería muy largo, en las fotos lo van a ver. Hubiese sido más sensato decir “tengo un techo” que una habitación… no había colchón, todo lo que tenía era una especie de alfombra de paja. La casa es toda de madera así que combinaba (?). No tenía puertas ni luz, así que a la noche íbamos a tener que alumbrarnos con linterna y yo inspeccionar que no haya ningún “enemigo” de Carola.

El rosarino, Coco, nos invitó a comer unas pizzas a su restaurante. Nos convenció y fuimos, tras ducha revitalizadora (ducha: manguerazo al lado de un arroyo). Con la panza llena fuimos en busca de tragos pero los precios nos sacaron las ganas. Así fue como nos encontramos a la -como definiría Caro- “La cheta provinciana de Recoleta” o “Concheta trucha”, o “Intento de hippie” o simplemente “Hija de puta”. 

Pensando que vendía brownies (que ya nos habían ofrecido más temprano por ahí), fuimos a preguntarle el precio. Ella en realidad vendía trufas de dulce de leche. Carola vio mi cara de felicidad así que se sumó a la compra. Primero nos dijo que cada  uno valía 50 centavos, pero después nos dijo que nos dejaba 3 por 2 dolares. Nosotros tenemos algo de la culpa por ser tan lentos y no prestar atención pero a mi me había quedado sonando en la cabeza el precio y mientras ella nos contaba que era de Entre Ríos pero vivía en Recoleta y se había cansado de Capital y bla, le consultamos otra vez el costo del asunto. Ahí es cuando se puso nerviosa y empezó a trabarse. Ella sola se mandó al frente y me dijo que me dio mal el vuelto, que antes estaban 50, que nos hizo precio especial y sarasa. Eso sí, se acordó de las monedas que me había dado y me pidió algo de cambio. Una pilla más. 

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