Finalmente decidimos ir a Montañita a ver qué onda. Nos despedimos del hostel “Villa Colombia” (altamente recomendable, “sobre todo los desayunos”, dice Tiny) y de Gladys, la mamá de Galo que hacía unos cafés riquísimos. 

Apenas llegamos a nuestro nuevo destino ya nos sentimos unos turistas más. Puestitos de venta de artesanías, remeras “I love Montañita”, palmeras y ese color madera playero que siempre me compra en cualquier lugar del mundo.

Un viejito nos preguntó el presupuesto que manejábamos y en base a eso nos llevó a un hostel acorde al precio. Se llamaba “Centro del mundo” y quedaba en frente del mar. 

La habitación era simple pero cómoda. Nos sorprendía el bajo precio a comparación del resto de los hospedajes en el lugar pero no nos quejamos, eso si, eramos los únicos argentinos y estaba repleto de chilenos.

Salimos a caminar las callecitas y la playa, que con un día soleado como el que teníamos nos parecía divino. Había olas interesantes (?) así que el paisaje también incluía pibes haciendo surf.

Buscando precios, indignados cual Doña Rosa de Caballito hablando de inflación, nada nos convenció para el almuerzo así que decidimos ser felices con tereré y pan de yuca (nos volvimos adictos). Volviendo al hostel nos encontramos con “Pampa” conocido del mundo Boca, que también hace un viaje parecido al nuestro. Nos colgamos hablando y arreglamos para cenar juntos.

A la tardecita seguimos con el tereré en la playa con el fin de ver la famosa puesta de sol detrás del pacífico. Para nuestra #suerte estaba medio nublado pero justo, en el único huequito sin nubes, pudimos ver el sol naranja esconderse en el mar. Misión cumplida (?)

Para variar empezamos a hacer boludeces en la arena y, mientras bailábamos cuarteto al ritmo de nuestras increíbles voces (?), una nena que no tendría más de 3 años no nos sacaba la vista de encima. Empezábamos a hablarle pero nada. Seria, nos observaba petrificada. Tiny se fue a buscar algo y en el momento en que me quedé sola la nena se transformó.

Vino corriendo con los brazos abiertos para abrazarme y una sonrisa que mostraba los pocos dientes que tenía. Morí de ternura. Bailamos un rato y cuando el padre la venía a buscar, la gordita me abrazaba fuerte y hacía puchero para que no la suelte. Después de un rato más de mimos se tuvo que ir mientras movía la manito saludándome.

A la noche, nos encontramos con Pampa y su amigo para ir a cenar. Comimos chancho a la naranja con arroz por un dolar y mas tarde fuimos a la playa a tomar unas birras mientras nos pasábamos data y consejos de nuestros viajes (ellos vienen de hacer Bolivia y Perú). Cuando nos despedimos, nosotros fuimos a pasear por la famosa noche de Montañita. 

Fuimos muy felices sentados en la calle escuchando a unos vagos que tocaban Manu Chao, Calamaro y cía. Mientras, mirábamos la mezcla de gente que había en el pueblo. 

Desde hippies hasta minitas vestidas para bolichear, argentos vendiendo comida buscándose el mango y adultos con cara de que estaban en el lugar equivocado.

Volvimos al hostel descubriendo el por qué de su precio. No era el “Centro del mundo” si no que era el centro de las discotecas. Estaba rodeado de lugares en los que ponían la música al mango (electrónica en su mayoría). Igual, era tal el cansancio que teníamos que nos dormimos rápido, pensando que Montañita es un gran lugar para gente que busca joda durante dos semanas. Nosotros, al menos hoy, no estamos para esos trotes.

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