Nos despedimos de Kari y de Manta y rumbeamos hacia Puerto López. No nos contestó nadie de Couchsurfing así que decidimos ir a un hostel. 

De entrada el pueblo me gustó. Puede sonar un poco mambeado de mi parte pero creo mucho en eso de la energía, la gente, los lugares, y a lo largo de las horas este comentario termina cobrando sentido. 

El pueblo es humilde, hay muchas casas bajas y muchas pastelerías a la vista. Nuestro hostel queda a la vuelta de la terminal y a tres cuadras de la playa, nunca mejor ubicados. Una vez que dejamos todos los bártulos en el cuarto salimos a caminar. 

Como el nombre lo indica (Puerto López), había muchos barquitos cerca de la orilla , un mar tranquilo rodeado de montañas y una gran gran playa para aprovechar. Eso sí, bastaaante mugre lamentablemente -creo yo que secuela de un finde turístico-. 

Caminamos de una punta hacia la otra mientras nos encontrábamos con cangrejos de todos los tamaños y nos reíamos de los niños que pasaban de un lado a otro para mirarme el culo; pero cuando estábamos llegando al final noté que no tenía la cámara. Le pregunté a Tiny si estaba en la bolsa que llevaba él pero no. Recordaba que la tenía envuelta en el pareo y la llevaba en la mano, y conociendo mi voladez había grandes posibilidades de que se me haya caído en el camino. 

Por supuesto empecé a desesperar, Tiny se fue buscarla por el camino en el que vinimos y yo le fui a preguntar a los que estaban por ahí si habían visto algo pero nada. 

En mi ataque de nervios (principalmente un unánime enojo hacia mi por ser tan pelotuda) me crucé con una pareja adulta de franceses que me saludaron con toda la alegría del mundo. Los saludé y les expliqué lo que había pasado y como ellos volvían para aquel lado me dijeron que si encontraban mi cámara me la llevarían al hostel. 

Por algún motivo no estallé en llanto, insisto, no era un tema de pérdida material sino más bien de crítica por ser tan cuelgue. 

Ante la negativa de cada persona a la que le preguntamos retornamos en silencio hasta que le dije a Tiny: “No sé en que me baso, no sé cómo, pero va a aparecer”. A los 5 minutos veo a lo lejos que me hacen señas. Eran los franceses, había noticias. No quise ilusionarme pero corrí más que jugando para Mueva Chiquita (??) y a lo lejos pude empezar a distinguir las sonrisas que se fueron traspasando a nuestras caras. Los franceses encontraron mi cámara tirada en la playa.

Felicidad absoluta. Abrazos inmediatos e impulsivos a cada uno de ellos y las palabras de agradecimiento no alcanzaban. Tiny estaba tan feliz y anonadado como yo, tanto que tiró frases en inglés que nadie supo entender. Automáticamente nos salió invitarlos a cenar y aceptaron encantados pero con la condición de que cada uno se pagara lo suyo. Hecho el trato, quedamos en encontrarnos a las 19:30 a unas cuadras de nuestro hostel.

No terminamos de dar ni diez pasos que mientras me ponía el short escucho que nos vuelven a llamar muertos de risa. “Hoy no es tu día”, me dijo el hombre mientras me devolvía 5 dólares que se me habían volado del pantalón. Entre risas interminables volvimos y me quedé pensando en que definitivamente sí era MI día, que las cosas por algo pasan y si yo no hubiese sido tan colgada, sin ese momento desesperante, no hubiésemos conocido a Roger y Vivian, nuestros nuevos amigos de Francia.

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