“Mirá Carola, 65 dolis”, me dijo Agus señalándome una bici estacionada en una vereda con un cartelito que indicaba precio y teléfono del vendedor. No estaba atada ni nada, no se la roban, se los juro. Es normal ver en algunos pueblos de Nueva Zelanda que pongan a la venta, con precio y todo, autos, bicicletas, casas rodantes, hasta lanchas. Es por eso que estábamos atentos a cada paso para poder encontrar una bici que esté en buen estado y que no sea muy cara.

Esta bicicleta era lo que justamente estaba buscando: sin muchos chiches (nada de mountain bike), color fucsia, sencillita, me encantaba. Acto seguido de verla le mando un texto al dueño (si, acá nos manejamos con mensaje de texto no con whatsapp) y coordinamos en ir a probarla al día siguiente. Vamos, la pruebo yo y la prueba el viejito que nos cuenta que tiene 5 hijas y que al ir creciendo se tiene que sacar de encima sus cosas.
Pedalea y al pasar un cambio dice que no está bien. Le decimos que no hay problema, no necesito los cambios, es para andar por acá.
Al otro día le pido ir a comprarla y su mensaje es este y mi bici ésta:


Cosas buenas pasan en Nueva Zelanda.

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