Como ya Carola había anticipado, el lunes teníamos un día largo y duro. No solo teníamos que empezar a trabajar sino que también teníamos que buscar un nuevo lugar donde dormir y las horas no nos daban para hacer las dos cosas.

Íbamos a empezar a trabajar a las 8 por lo que nos levantamos 6:30 AM.  Aclaro la hora porque, primero, no nos parece temprano ya que nos venimos acostando, como muy tarde, a las 22 y, segundo, porque finalmente, entraríamos a laburar a las 10:30. Esto nos complicaba un poco más el tema alojamiento ya que no íbamos a tener nada de tiempo para poder verlo y llevar todas nuestras cosas. No había tiempo de pensar, era hora de trabajar.

Llegamos a la granja (pará con la palabra “farm” Carolina) y Luciano rápidamente nos llevó a nuestros lugares de trabajo. Nos puso como
“supervisor” a otro brasileño que por suerte nos tuvo mucha paciencia y nos ayudó en todo momento.  Junto con nosotros empezaban un argentino y un chileno. Competencia de principiantes (?).

Desde el primer momento nos costó. Desde el primero hasta el último.

No es un trabajo fácil (creo que ningún trabajo de granja es fácil) pero para este en especial no solo necesitabas tener una cierta altura
sino que tener la misma fuerza con tu compañero ya que había que tirar de lados opuestos del hilo para que se tense. Un hombre con una mujer es difícil que coordinen tema fuerza por lo cual a nosotros nos costaba el doble mientras veíamos que nuestros “rivales” avanzaban sin problema.  Cuando arrancábamos con un palo, o se nos caía o se nos aflojaban los hilos.

En fin, pasó el día e hicimos poco. Nos fuimos un poco frustrados pero mentalizados en que día a día lo íbamos a seguir mejorando.  Vi que tenía una llamada perdida pero no conocía el número así que me dio curiosidad y llamé.

Era para otro trabajo. De granja, también. Fuimos a la entrevista y, a diferencia del otro trabajo, esta fue en la casa de los dueños de la granja. Una pareja de entre 50 y 60 que desde el principio nos cayó bien. El trabajo era para sembrar una especie de melón por lo que nos necesitaban para mañana y durante una semana. Ni lo dudamos.

Y así fue como de un día a otro cambiamos de trabajo. No vamos a decir que no cansa y que no requiere esfuerzo físico pero nos parece mucho mejor que el otro, nos da la oportunidad de charlar con otros viajeros como nosotros (argentinos, franceses y hasta un ecuatoriano) y nos gusta ya que no tenemos una sola función y trabajamos junto a los dueños.

Después de este trabajo esperamos seguir en contacto con esta gente para trabajar en sus granjas, mientras tanto, seguimos disfrutando de Nueva Zelanda y, en este momento, de un camping hermoso en frente de la playa.

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