Si hay algo de lo que todos los working holiday hablan en Nueva Zelanda es de la famosa temporada de picking de Cherry. La diferencia monetaria que uno puede sacar vale el esfuerzo de trabajar hasta 12 hs diarias.

Por todo esto, para conseguir un lugar tenés que aplicar con meses de anticipación y esperar el tan ansiado mail que diga que entraste. Casi la mayoría de las respuestas que recibíamos eran “Gracias por aplicar…pero no entraste. Te ponemos en lista de espera”. Una de las orchards – o huertas en español – nos contactó diciendo que finalmente se habían abierto dos puestos por lo que aceptamos de inmediato. El post completo sobre las cherries clickeando acá

Después de un laaaaaaaargo viaje desde la Isla Norte a la Isla Sur llegamos a Alexandra, uno de los lugares predilectos para juntar cerezas. El pueblo estaba desolado. Nos acomodamos en nuestro nuevo hogar en el cual conocimos a tres chilenos que, casualmente, trabajaban en el mismo lugar en el que íbamos a hacerlo nosotros. Jorge, Cony y Javier nos contaron sobre el trabajo, la jefa y otras yerbas para estar preparados a lo que se venía.

Nos citaron a las 9:30 en las afueras de la ciudad donde se suele cosechar la fruta. Al llegar, nos recibía al grito de “Come here!” una mujer tan flaca que no creo que exista cinturón para su talle de pantalón. Sonriente, a pura risa, nos explicaba de qué iba a tratar el trabajo y lo que ella esperaba de nosotros. Luego de firmar los papeles, llegaba el momento de trabajar.

El trabajo no era el que pensábamos (las cerezas todavía no están listas por lo que debíamos hacer un proceso previo el cual se llama “thinning”) pero era “sencillo” en cuanto a lo explicativo: había que sacar las frutas podridas y las que estaban muy juntas entre si para que las otras pudiesen crecer tranquilas, ayudados de una escalera de 10 y 11 escalones para alcanzar la punta de los árboles. Lo que no esperábamos es que la fruta que debíamos sacar eran pelones y no cerezas y que la escalera sea más complicada de lo que pensábamos.

“Fruta distinta, mismo trabajo”, dijimos. Pero no. Según la súper copada y sonriente jefa, debíamos tener una cierta productividad por hora, la cual ella consideraría de manera arbitraria si era buena o mala y eso nos daría un pago extra, si es que éramos lo suficientemente rápidos y productivos, que veríamos al finalizar el trabajo. En conclusión, había que ser veloz y no dejar nada sin hacer, cosa bastante difícil teniendo en cuenta que hay árboles enormes y llenos de fruta.

El primer día no resultó tan malo. Les decíamos a los chilenos que no era todo tan malo como nos pintaban en cuanto a la exigencia de la mujer y al trabajo en si. “Ya van a ver”, nos decían.

Al segundo día todo empezó a tomar otro color. La mujer super sonriente y buena onda empezó a decirnos que eramos lentos, que íbamos perdiendo y que le hacíamos perder dinero. Apa. 

Carola lidiaba con la escalera super enorme mientras yo intentaba esconder las miles de ramas que rompía al sacar la fruta (cosa PROHIBIDA según la querible jefa hiper sonriente).

Así que así estamos. Cansados, ya que es un trabajo físico y exigente al cual no estamos acostumbrados; doloridos y moretoneados, ya que nos vivimos golpeando con la maldita escalera y raspándonos con las ramas; y un poco dudosos sin saber si de verdad vale la pena esta exigencia por algo que no sabemos sin nos dará una buena diferencia económica en relación a nuestros viejos empleos en la Isla Norte.

En una semanita se vienen las famosas cherries, así que, a esperarrrrrrrrr.

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