Sigo siendo Caro, el pibe está vaguito jaja.

Después de esas dos semanas de trabajo con la gente de la agencia, recibimos la invitación para la fiesta de fin de año que consistía en pasar un fin de semana a orillas del lago Ohau, a dos horas de donde vivimos. Había que confirmarle y pese a que sabíamos que probablemente tendríamos que laburar con las cherries, esto era más importante y ni lo dudamos.

El viernes a la tardecita caímos al lodge. Ezequiel, el boss (?), nos había consultado si no era un problema estar en una habitación de backpackers, con cuchetas. Nos sorprendimos y nos reímos + un más vale que no! porque encima que nos estaba invitando todo no teníamos ni una pretensión. Llegamos a nuestra habitación y esperábamos encontrarnos con más gente pero no. El cuarto era solo para nosotros, la única diferencia era que había cuchetas. No la podíamos creer, nuestro cuartito con todas las chucherías de infusiones y nuestro propio baño. Perdón la sorpresa, pero no estamos acostumbrados jaja.

Nos enchulamos un poco para la ocasión y esa noche cenamos puerco y carne con batatas y espárragos, de postre algo con merengue y yogurth. Durante al cena aprovechamos para conocer a la familia de cada uno de los que labura con nosotros, niños, maridos, conversaciones en inglés y en español. Muy divertido. En menos de una hora, ya teníamos al cuñado de la dueña de la empresa ofreciéndonos trabajo en Queenstown cuando quisiéramos. Fa.

El sábado tempranito amanecimos con un desayuno abundante que incluía huevos fritos, bacon, tostadas, jugo, salchicha, cereales, café, y más. Después el plan del día era bajar hacia otro lago y pasar el día allá. Todos equipados con bicis, sillas de camping, pelotas, raquetas, toooodo. Nota: acá es muuuy común que todos tengan estas cosas, los kiwis disfrutan mucho pasar los días al aire libre, en campings, carpas y casas rodantes. 

Con ganas de moverme un rato, me fui a andar en bici con Ceci y Cande (dueña y vendedora respectivamente) por un track al costado del lago. Una hermosura! 7 km ida y vuelta entre montañas y un cielo despejadísimo. Cuando volvimos no vimos a nadie y ahí lo sospeché. El marido de Carelia, compa venezolana, es instructor de vuelo en parapente. Cuestioooon que le pintó llevarlo y preguntar: ¿Quién quiere volar?. Por supuesto ya sabemos quién dijo que sí. (Esto transcurrió mientras yo bicicleteaba sino me colgaba de la pata del tipo hasta volar yo también jajaja). Agus tenía cuenta pendiente con esto. En Ecuador lo habíamos intentado dos veces y por mal tiempo no pudimos hacerlo, para un cumpleaños yo se lo regalé y jamás pudimos coordinar un día con la escuela de vuelo y no lo usó, así que ésta era la mejor oportunidad al alcance de la mano. La descripción del vuelo se la voy a dejar a él para cuando la quiera escribir. Por lo pronto les digo que fue impagable su sonrisa cuando llegó después de volar.

Al mediodía comimos asado, cantamos, bailamos, charlamos, anduvimos un poco mas en bici y metimos las patitas en el lago. Para terminar un día increíble, nos metimos al spa a relajarnos tomando cerveza y disfrutando de las montañas nevadas atrás. A la hora de la cena, disfrutamos de un salmón con sarasas que estaba exquisito y después hicimos repartija de regalitos que nos habían pedido como consigna llevar. Ligamos chocolates por doquier, chochos.

El domingo finalmente regresamos al mediodía sin poder creer el tremendo finde que pasamos. Otra vez revolvimos las casualidades y las causalidades de esta montaña rusa llamada Nueva Zelanda.

 

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