Al fin llegamos a la ansiada ciudad de Cusco. Me era imposible borrarme la sonrisa mientras caminábamos sus calles en busca de un hostel económico porque no pudimos conseguir couch.

Una vez más, el escenario principal era la Plaza de Armas. A su alrededor se encontraban la catedral, la información turística, muchísimas agencias con gente en la vereda ofreciendo tours por doquier y los infaltables comerciales capitalistas y mundiales a los que siempre les robamos wifi.

Nos hicieron precio en un hostal que nos habían recomendado (El procurador de Cusco) y, después de un rato de fiaca, salimos a recorrer las subidas y bajadas de la ciudad.

Como era de esperarse predominan los negocios de moda “Machu” que incluye: gorrito de lana, guantes, pantalones rayados, puloveres con llamas y sarasa. Claro que todo eso acá cuesta el doble y es ahí cuando empecé a fanatizarme con el tema del regateo. Honestamente no compré nada (porque aspiro al cambio más favorable en Bolivia) pero me siento realizada y victoriosa cuando termino consiguiendo algo a menos de la mitad del precio.

Fuimos al mercado de San Pedro y, al igual que la mayoría de los que visitamos, las ofertas van desde verduras y especias a indumentaria y artesanías; sin olvidar los puestos de comida donde conseguimos platos abundantes a 4 soles cada uno.

Por la tarde y con un poco más de información recolectada sobre las actividades para hacer, empezamos a escuchar atentamente lo que nos ofrecían las agencias. Haciendo números nos dimos cuenta que nos convenía pagar por un tour (que incluye transporte, hospedaje y comidas) que ir por nuestros propios medios. Calculadora en mano, comparaciones entre ofertas, y cerramos con la que nos pareció más convincente. Al otro día arrancaríamos temprano hacia nuestro nuevo y tan soñado destino: Machu Picchu.

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