Objetivo cumplido, aprovechamos el tiempo libre que tuvimos a la mañana para tomar unos tererés en la plaza de Aguas Calientes y sacar unas últimas fotos del lugar. No podíamos estar más contentos y tranquilos.

Arrancamos más temprano la vuelta a la hidroeléctrica para disfrutar del paisaje y seguir con la sesión de fotos a la que me castiga Carola (?). El sol y un chicho enamorado de Carito hacían que el camino de dos horas se hiciera más corto de lo esperado.

Llegamos al lugar donde nos llevarían las combis hacia Cusco y, como era temprano todavía, paramos a comer algo. Teníamos un poco de desconfianza por lo que fuimos antes de la hora pactada al lugar para asegurarnos de tener un asiento de regreso. Había muchos argentinos, algo que nos daba un poco de tranquilidad por si había que hacer quilombo.

Nuestro temor pasó rápido después de escuchar que uno de los guías decía “Agustín Enrique x 2”. Sentados adelante, nos relajamos pensando que ya todo estaba en orden. Lo que no esperábamos era que íbamos a pasar de un miedo infundado a un cagazo real.

En nuestra combi se subieron dos pibes argentinos de Rosario. Se los notaba bastante calientes y, por lo poco que habíamos escuchado, los habían cagado en el viaje de ida. Uno de ellos le empezó a hacer preguntas al chofer: “Vos vas a manejar, estas seguro?”. Con Caro no entendíamos nada hasta que ellos nos avisan que habían visto tanto al que iba a manejar como al acompañante escabiar desde que llegaron.

Siendo sincero, yo al principio no me indigné mucho por el asunto, cuántas veces había estado de copiloto de un amigo borracho, estando yo pasado de copas también. Pero con solo mirar a Carola caí en la cuenta, no solo de que el camino era demasiado peligroso, con muchas curvas y de noche, si no que viajaba con ella.

Todavía tranquilo, le pregunto al chofer si está en condiciones de manejar. Su respuesta fue si, pero mientras me lo decía no podía mantener la mirada en un punto fijo. Se demasiado de choborras por lo que me bajé y fui directo a los guías para avisarles junto a uno de los rosarinos. Mientras tanto, en la combi la mayoría no entendía que pasaba ya que eran en su mayoría extranjeros que no hablaban español.

Después de que uno de los guías nos dijera que “no era su problema” fui a buscar a una policía que me aseguró que ya había notificado a sus superiores y que nos iban a poner otro conductor. Eso si, los dos borrachines nos iban a acompañar ya que era su camioneta. Dicho y hecho, empezó el viaje, con los dos tipos parados intentando hacer equilibrio del pedo que tenían.

El que manejaba me hablaba y decía que era un escandaloso, que estaba perfecto, todo eso mientras su acompañante se burlaba de nosotros, del que manejaba (era un pibito) y sobre todo se la agarraba conmigo. Un poco alterado ya, le dije a Caro que se vaya al fondo ya que estaba bastante nerviosa después de ver como el acompañante (el más borracho) se tiraba encima del conductor.

Ahí fue cuando el otro se me sentó al lado y siguió con su charla de que estaba exagerando. Yo, ya bastante sacado, le decía que si tenía algo que decirme me lo diga en la cara porque, obviamente, no podía ni mirarme de lo pasado que estaba. El otro seguía bardeando, me preguntaba de que país era y hasta me decía que “la muerte es relativa”.

Solo 15 minutos después de que todos sufrieran bastante el viaje y que yo me quiera bajar a trompear a los dos, nos paró la policía. Avisados por la oficial con la que había hablado, frenaron y les pidieron los papeles y la licencia. Si el que manejaba tenía todo en orden no podían hacer nada y nosotros ibamos a seguir hasta terminar a las piñas con los tipos pero, ironías de la vida, el que manejaba se había olvidado su carnet de conducir en la otra camioneta.

Solo esperaba que me puteen una sola vez para trompearlos pero cada vez que los insitaba a que me digan en la cara lo que pensaban, un español que viajaba atrás junto a su novia peruana, me decía que me calme, que todos estaban conmigo y que me agradecía por hacer lo que hice.

Resumiendo un poco los hechos terminamos en la comisaría de Santa Teresa. El dueño de la camioneta (el borracho que quería manejar) se quiso matar no solo cuando supo que le retenían el vehículo sino que también cuando escuchó el valor de la multa: 500 dólares.

Mientras 2 japonesas, 3 israelíes, un español, una peruana, un italiano, un francés, un mexicano y 4 argentinos esperabamos en la plaza para saber qué iba a pasar con nosotros y cuándo ibamos a volver a Cusco. Por su parte, el amigo del acompañante se tiraba en un banco de la plaza frente a la comisaría, y empezaba con sus insultos hacia los argentinos.

Yo, un poco más tranquilo gracias al español, me reía y me burlaba del borrachín que ni se podía parar. Uno de los rosarinos seguía sacado y esperaba que se levante o amague a pelear solo para trompearlo. Todo esto pasaba ante la atenta mirada de los pueblerinos que, según los oficiales, eran amigos y conocidos de los borrachos.

El chofer volvió a buscarme diciendome que yo tenía la culpa y amagaba a venir a buscarme pero se quedaba parado atras de su novia/hermana/amante. Carola mientras iba a putear en la cara al que seguía tirado en el banco que ya a esta altura no entendía ni dónde estaba.

Finalmente nos dieron transporte de vuelta a Cusco con otro conductor y en otra camioneta. Nos fuimos ante la atenta mirada de la gente del pueblo y de sus amigos borrachos que, no solo se quedaron sin su combi, esperamos y creemos que también sin su trabajo.

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