Vinimos a esta ciudad fundamentalmente para visitar el Quilotoa, un lugar que queda a una hora y media y que ya en fotos nos había deslumbrado por la inmensidad de la laguna y las montañas alrededor.

Apenas llegamos fuimos al único hostel que vimos por internet, dejamos nuestras cosas y salimos a averiguar cómo ir a nuestro destino. Encontramos un centro de información turística que nos advirtió que sólo salía un bus por día al Quilotoa a las 11:30, lamentablemente ya eran las 13 hs. La otra opción era tomarnos otro bus que nos acerque a un pueblo y luego una camioneta que cobraba entre 10 y 12 dólares, nada acorde a nuestro presupuesto.

Nos fuimos a tomar un heladito (Tutto Freddo, recomendado) mientras deliberábamos qué hacer. Si algo fuimos aprendiendo en este viaje fue a no quedarnos con una sola respuesta, así que nos fuimos a la terminal a ver qué onda.

En la terminal nos informaron que había un bus que iba pero que mejor preguntemos afuera donde estaba estacionado, ya que la oficina de la empresa estaba desolada. Mientras buscábamos a quien preguntarle apareció un tipo que aseguró llevarnos por 3 dólares; por las dudas chequeamos: -“Dónde nos deja?” – “Exactamente en el cráter”; -“Cuánto tiempo de viaje?” – “Hora y media”; -“Salen buses para la vuelta?” – “Sí, cada veinte minutos, el último a las 21 hs”. Listo. Nos invitó a sentarnos al lado suyo y mientras esperábamos que se digne a arrancar (salió con media hora de retraso) con Tiny nos mirábamos intuyendo desconfianza.

Por suerte el camino entre montañas fue hermoso para mirar y disminuía el mal humor por esa  bendita costumbre del transporte ecuatoriano de subir y bajar pasajeros en cualquier lugar.

Llegando al Quilotoa (no crean que el viaje duró lo estipulado, fue más), empezó a llover. Mientras, el chofer nos decía que no se iba a ver nada porque las nubes estaban muy bajas y yo bastante fastidiosa le dije que no me importaba, que al menos iba a sacar una foto. Para completarla nos dijo que no salían buses desde allí. Lo miramos re calientes y el tipo nos ofreció esperarnos y llevarnos a Latacunga por 5 dólares, sino debíamos ir a un pueblo cercano a buscar algo. Nos daba mucha bronca la situación ya que todo esto era evidente que estaba planeado de entrada y se estaba aprovechando del horario, la lluvia y que éramos una pareja. Aceptamos la propuesta mientras nos apuraba para sacarnos “rápido la fotito”. Lo peor del asunto es que era cierto: la laguna casi no se veía. El paisaje que tanto esperamos estaba tapado por las nubes y la tuvimos más adentro que Toti Pasman.

Volvimos al bus y se sumaron unos argentinos, si mal no recuerdo “Lauti y Maru”.  Al toque que escucharon lo que les cobraba el chofer le dijeron que no, que era muy caro para ir “hasta acá nomás”. Nos sumamos a la discusión más que nada cuando nos enteramos que en realidad solo pretendía llevarnos hasta el siguiente pueblo. Terminamos arreglando por 6 dólares los cuatro, que terminaba siendo más barato y cómodo que esperar una camioneta bajo la lluvia que nos cobraba lo mismo o más.

Llegamos al pueblo, bajamos del bondi sin saludar después de tanto verso, y preguntamos cómo ir a Latacunga. Un señor nos ofrecía llevarnos en camioneta por 30 dólares entre los cuatro, esta chica Maru lo sacó cagando y le dijo que era carísimo; el tipo nos hacía “precio” y nos dejaba a 25. Insistimos con el no y empezó a decirnos que los buses salían cada dos horas porque venían desde otro lado y sarasa con el fin de desesperarnos y darle el sí. Tiny mientras tanto fue a preguntar a otro lado y ahí nomás apareció el bus que nos llevaba por 1,5. Nos reíamos para no matar a todos, uno peor que el otro. Se aprovechan de los turistas mintiendo descaradamente, es por eso que hay que consultar en varios lados SIEMPRE.

Los chicos siguieron hasta Baños y nosotros volvimos a nuestro hostel. Después de tanta frustración nos creímos merecedores (Excusas!) de unas salchipapas y una copa óreo de postre. No fue nuestro mejor día pero sin embargo dormimos felices. 

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