Siempre me burlé y critiqué a los jugadores cuando los escuchaba decir que costaba jugar en la altura. Hoy me tocaba el turno de ver qué tan cierto era. 

Estar en Quito ya significa tener que adaptarse a ciertos cambios. El estar a 2800 metros de altura hace que cueste un poco más respirar. Pero se venía un desafío: llegar a los 4600. El rival? Una montaña llamada “El Ruco”. Erick y su hermana Cris serían nuestros guías (GRACIAS TOTALES).

Primero tuvimos que subir al teleférico que nos dejaba a unos 4200 metros. De allí teníamos que caminar, escalar y trepar alrededor de 3 o 4 horas para llegar a la cima.

Caro, anticipándose, nos decía a los tres que ella iba a ir atrás de nosotros ya que caminaba más lento y se iba a cansar más rápido. Puro chamuyo. Como era de esperarse, Erick y Cris iban adelante, no solo porque iban mostrándonos el camino, si no que porque manejaban de taquito el tema de la altura y el escalar montañas.

Al principio todo parecía normal. El cansancio de caminar, subir y bajar era lógico. Pero, de a poco, la sensación de estar agitado no era la normal, esa que uno siente después de un pique largo en un partido de fútbol.

La cabeza empezaba a latir, fuerte, como sintiendo el corazón en el cerebro. A eso, había que sumarle lo verde que al menos yo fui pensando que me la iba a bancar con un buzo, medias cortas y pantalones cortos. Cuánto más alto estábamos, más frío tenía. Yo que soy demasiado caluroso.

Cuando todavía faltaba bastante para llegar, Carola y yo nos miramos. Con los ojos nos decíamos todo: “vamos a seguir? Vale la pena sentirse tan mal para llegar a la cima de una simple montaña?”. Nuestro orgullo podía más. SEGUIMOS.

Erick nos ofreció diferentes cosas dulces para aguantar la presión pero ya nada, al menos a mi, me hacía efecto. La cabeza me giraba, ya no sentía ni pies ni manos, sin exagerar, la estaba pasando muy mal. Pero tenía que seguir, Caro tenía que ver que estaba bien, los dos nos teníamos que incentivar para llegar. 

Después de mucho esfuerzo lo logramos. 4600 metros. Mi primera vez en la altura. Carola ya había estado arriba pero no tan alto. Ni bien me dijeron “llegamos” perdí toda noción de dónde estaba. Me fui. No puedo explicar de qué manera bajé, las fotos en las que ven mis brazos de manera rara hablan por si solos, estaba en piloto automático. Si no fuese por Malet, no hubiera bajado con la tranquilidad que lo hice.

No me arrepiento, pienso volver a hacerlo. Se vienen más montañas, más altas y más difíciles. Las vamos a hacer. Eso si, prometo NUNCA MÁS volver a putear a un jugador que se canse o se quede sin aire cuando vaya a jugar a la altura.

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