Un poco cansados de la comodidad que veníamos teniendo, decidimos hacer dedo para ir hasta Purmamarca, nuestro siguiente destino. No quedaba muy lejos y la ruta hacia el sur pasaba si o si por ahí así que no iba a ser tanto el tiempo de espera hasta que nos levantara alguien. Al menos eso pensábamos.

Los autos pasaban y pasaban pero nada. Algunas caras parecían sorprendidas, otras simplemente nos ignoraban. Nadie nos quería levantar hasta que apareció una camioneta blanca.

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En ella se encontraba Eduardo, un hombre de General Rodriguez, provincia de Bs.As, que se enamoró y se vino a vivir al norte. Acababa de llegar de viaje y, como la mujer ya había dado a luz, quería instalarse en un lugar tranquilo así que decidió construir su casa en Maimará.

Allí fue donde nos dejó, a mitad de camino de Purmamarca pero nos ofreció subir a tomar algo con ellos, en una colina donde, según él, se veía todo el pueblo. Por falta de tiempo decidimos rechazar la oferta y seguimos haciendo dedo.

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Aldo y su hijo, obreros que iban hacia San Salvador de Jujuy, nos llevaron hasta la entrada del pueblo al que íbamos. Llegamos y de inmediato me quedé maravillado con el lugar. Purmamarca no tiene más de 5 manzanas, una plaza, muchos puestos de artesanías y algún restaurant y kiosko. Todo cubierto por el magnífico cerro de los 7 colores. Decidimos quedarnos en “Mama Coca” e irnos a dormir temprano para aprovechar el día siguiente.

Antes que nada quiero recomendar este hostel no solo por la comodidad si no que por la atención. Beba y Sofía hacen sentirte como en tu casa y te aconsejan los mejores lugares para comprar comida, regalos, etc. Además tienen un perrito de solo 6 meses llamado guardián que no deja ni un segundo de jugar y morderte.

Volviendo al relato, madrugamos y fuimos al camino “El colorado” que pasa por detrás del cerro. La mezcla de tranquilidad, paisaje, colores y clima hace de este lugar algo único. Las imágenes no están editadas, esa cantidad de colores tiene el cerro. Es hermoso.

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Volvimos en busca de regalos para nuestra familia y amigos al pueblo pero solo terminamos comprando algunas chucherías y Carola algo para ella. Los precios y la falta de regateo (estamos acostumbrados al resto de Sudamérica) nos hicieron desistir y buscar los presentes en otro lugar.

Mientras tanto, hacíamos tiempo esperando el llamado del director de una escuela rural en San Salvador de Jujuy para confirmarnos si podríamos ir o no a visitar. De su respuesta positiva dependía nuestro próximo destino.

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Finalmente, nos confirmaron que vamos a poder ir a la escuelita así que partimos a San Salvador. Llegamos, compramos cosas para los alumnos y nos fuimos a dormir, muy pero muy nerviosos y ansiosos por lo que se viene mañana.

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