Llegamos a Lima después de dormir profundamente toda la noche en el micro de la empresa Línea (recomendado si viajan por Perú). Apenas arribamos a la terminal nos comunicamos con nuestro couch y coordinamos para ir a su casa. 

Quien nos hospeda esta vez es Marvin, un treintañero divorciado, padre de una nena, labura como administrativo en una empresa de lo que nosotros llamamos “Chapa y pintura” y es super ordenado. Aunque ya nos había advertido sobre esto, nos alcanzó con estar dos minutos en su departamento para notarlo. Después de dejar las cosas en su casa, fuimos a almorzar y en un ratito nada más de charla supimos que era un copado bárbaro. Cuando él regresó a su empleo, nosotros nos fuimos a recorrer la ciudad.

La zona en la que estamos se llama Surquillo, queda exactamente al lado de Miraflores que es una de las partes más conchetas y turísticas de Lima. Sacando el exceso de bocinas disfrutamos el paseo por las calles y los parques con el pastito perfectamente cortado. La zona del malecón es preciosa y está muy bien cuidada, nos hacía recordar un poco a Puerto Madero y a Mar del Plata a la vez. Pateamos y pateamos y a la tardecita volvimos a tomar unos tereres a la casa. 

El plan de la noche era retornar a una actividad muy típica de Capital: ir al cine. Daban la segunda parte de 300, Marvin la quería ver y nosotros lo seguimos. Pochoclos, sangre en cámara lenta por aquí y por allá, y así cerramos una buena jornada en Lima. 

Al otro día amanecimos pachorras así que aprovechamos para adelantar algunas cosas sobre la nota que estamos preparando del Club de Juan Román Riquelme en Trujillo. Recién después de las 15 salimos en un bus caótico hacia el centro histórico. Al igual que en Baires de un lado de la calle se encuentra el caos, con un mercado central enorme y miles de puestos callejeros; del otro lado prolijos edificios y casas que mantienen el aspecto colonial, grandes plazas, y como toda gran ciudad, la mezcla infalible con Mc Donalds, Starbucks y Pizza Hut. Para felicidad de Tiny principalmente, encontramos un lugar de churros que nos habían recomendado. Acá al dulce de leche lo llaman manjar blanco y el glotón anda chocho de reencontrarse con su gran amor (?). Después de la compra obligada caminamos muchísimo hasta el Parque de las Aguas donde hay varias shows de aguas danzantes y fuentes para todos los gustos, creemos que vale la pena. 

Regresamos fusilados a nuestro hogar de paso y casi sin llegar volvimos a salir con Marvin a una fiesta “Couch” organizada hace años por una chica de Lima. La idea es que los couchs de Lima lleven a sus invitados y bla. La cita era un bar muy concurrido que lo mejor que tenía era la música; apenas entramos nos recibieron con Cerati, Los Beatles y Spinetta -entre otros-. Tomamos unas cervezas, comimos unos tequeños con guacamole riquiiiiisimos y nos divertimos entre los dos después de ver muchos en postura de levante más que de “intercambio cultural”. 

Hay que seguir hacia Ica, mientras sacamos cuentas de los días y la plata. 

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