Después de cerrar el día de ayer y arrancar el de hoy inculcando a Carola con películas (vimos el Lobo de Wall Street y Atrápame si puedes, Di Caprio la rompe en ambas) fuimos a la playa para despedirnos de Máncora. Buscamos a un argentino que laburaba en un hostel y nos había contactado por una página de facebook para tomar unos mates. 

No pudimos vernos con él pero con lo que si nos encontramos fue con el, hasta ahora, mejor atardecer que tuvimos desde que arrancamos este viaje.

Nos despedimos de Máncora y su gente tomando un helado de dulce de leche. Si, encontré helado de dulce de leche. No lloré de felicidad solo porque estaba más preocupado en comérmelo. Nuestro próximo destino era Trujillo.

A diferencia del transporte en Ecuador, el peruano es un poco más costoso y caótico. Viajamos en un bus semi cama en el que Caro no podía poner las piernas cómoda así que imagínense lo que sufrí yo con mi 1,83 de altura.

Llegamos a nuestro próximo destino el cual solo estaba en nuestro recorrido solo por la nota que tenemos pensada hacer a un club llamado nada más y nada menos que “Juan Román Riquelme”.

Nos recibió nuestro nuevo couchsurfing Fernando, primero oficial en Perú. Este hombre de más de 40 años tiene un bar donde vende toda clase de cervezas y además es coleccionista de cientos de reliquias antiguas del imperio Inca, pre Inca y de otras etnias.

Pese a que nuestro plan era ir a algunos museos y luego a las playas de Huanchaco, nos tiramos en la cama y nos quedamos dormidos, muertos por lo incomodo que fue el viaje. 

Cerramos el día cenando afuera con Fernando y otra persona que se hospeda con él, una chica colombiana que vino de paso pero que hace tiempo ya está en Perú en busca de trabajo. Tomamos unas cervezas, charlamos de todo un poco y nos fuimos a dormir antes de las 12 ya que mañana se viene la tan esperada entrevista.

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