El día se sintetiza en más de 5 horas en Starbucks robando wifi, organizando nuestro futuro recorrido, y degustando lo que nos ofrecían. De ahí a la terminal, era hora de irse a Puno, pero los planes de repente pueden cambiar, y eso es lo mejor de cada viaje.

Mientras almorzábamos/merendábamos en la terminal y nos enterábamos que había un paro de mineros que no dejaban llegar los buses al sur, conocimos a una pareja de argentos de Torcuato que conocían a Román. Charla va charla viene, nos recomendaron montones de cosas para aprovechar en Bolivia.

Después de un rato de incertidumbre ante la duda de las mismas empresas para asegurarnos que llegaríamos a destino, nos miramos y debatimos: ¿Cuán necesario es ir a Puno? ¿Cuánta guita nos queda? ¿Qué nos asegura que el paro no dure más días y nos quedemos varados? ¿Vamos a Bolivia? Si. Sacamos pasajes a Copacabana decididos a hacer un recorrido escueto por el país vecino aprovechando el cambio y así de repente, nos fuimos despidiendo de Perú. Lo que no supimos era que el viaje, implicaría una nueva anécdota.

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