Una de las cosas malas e inevitables que tienen los viajes son las despedidas. Las de allá claro que si. Pero también están las de “acá”, las nuevas, las inesperadas. Uno se mueve y conoce gente en el camino, algunos pasan y siguen de largo, otros dejan huella para siempre. Un día te das cuenta que ese con el que solo compartías al principio partidos de fútbol se terminó convirtiendo en pocos meses en un amigo que no te falla nunca; la que charlabas aconsejando acerca de como armar un cv en inglés es una persona que se sensibiliza a la par con historias de tu vida que nunca creíste contar, y así pasan birras, mates, charlas, risas. Conocemos las mañas, lo que los hace reír y los que los hace enojar; sus gustos, sus historias, sus frases y sus modos. Los desconocidos un día pasaron a ser tus amigos sin darte cuenta hasta que te toca despedirlos. Cada uno sigue su camino, lógico, y quisieras estirar esos momentos aunque sea imposible. Entonces le decis en voz baja a tu pareja que estas triste, que los vas a extrañar y que aunque ya te haya tocado vivir momentos así en cada viaje, cada persona es diferente, que cada uno tiene lo suyo, pero te convences y te quedas con eso: una amistad que anda revoloteando el mundo como vos. Acto seguido celebras la suerte de que el destino los haya puesto en el mismo tiempo y en el mismo lugar.

 

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