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Esta es una historia real, le pasó al amigo de un amigo (se acuerdan de ese dibujo que empezaba siempre así?).

Como sabrán, acá no pasa mucho en cuanto a violencia, robos, etc. Por lo que una historia como la que estamos por contar sorprende, más por las personas a las que les pasó y en el contexto en el que les pasó.

Ubiquemos en tiempo y espacio lo sucedido: era la noche del martes 29 de septiembre en Welcome Bay, un lugar casi similar a los que uno construye en el Sims. Florencia y Nicolás, pareja argentina que vino con la Visa de trabajo a Nueva Zelanda, dormían tranquilos en el cuarto que le alquilan a Karen y Mike un matrimonio chileno-kiwi.

Parecía una noche más. Venían de una jornada dura de trabajo y al día siguiente había que seguir con la rutina por lo que se desplomaron temprano en la cama. Todos dormían en la casa, no había movimiento ni ruido alguno.

En medio de la madrugada, Nicolás empieza a sentir que le tocan la pierna. Un poco fastidioso por la hora y el sueño, le pide a Florencia que no lo moleste. Sin entender qué pasaba, ella le contesta que no sabía de qué hablaba ya que estaba durmiendo tan profundamente como él. Ninguno de los dos sospechaba lo que estaba por pasar.

Luego de insistir en que pare de tocarle la pierna, Nico empieza a notar que algo no andaba bien: “¡¿Viste eso?!”, le dice a Flor que sin vueltas le contesta que “no, no hay nada”.  Insistente, él le pide que prenda la luz. Un poco fastidiosa, se sienta y la prende. De tener los ojos achinados por el sueño Florencia pasó a tenerlos bien abiertos después de lo que vio: agachada al costado de la cama se encontraba una persona. Más específicamente un joven de entre 13 y 14 años.

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Sin reacción, Flor hace un sonido a ahogo por el cual Nicolás se da cuenta que algo andaba mal y él también lo ve. Acto seguido comienzan los gritos y insultos en español lo que hace al chico correr despavorido.

Inmediatamente Nico empieza a correrlo en calzones llevándose por delante todo al pasar enfurecido en busca del niño regordete. Lo alcanza y comienza a golpearlo. Asustado por el ruido y pensando que eran amigos de la pareja, Mike se despierta, también en calzones, y empieza a los gritos: “¡Hey! ¿What’s going on?”. Nicolás se da vuelta para verlo, lo que le da tiempo al intruso de escaparse.

Sale de la casa perseguido por Nico y Mike, quienes corrían a la par por la oscura calle de Welcome Bay.

Nicolás vuelve a alcanzar al niño al cual no lo beneficiaba su estado físico. Más golpes, patadas e insultos. Quizás un poco resbaladizo por la transpiración, el puber vuelve a escaparse y se pierde en la oscuridad.

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Policía, peritos psicológicos, Karen, Mike, sus hijos y toda la mar en coche se hicieron presentes para escuchar la historia de la pareja argentina. Ninguno podía creer lo sucedido. Nada de esto es habitual en Nueva Zelanda.

Nico mostraba un pedazo de remera que le había arrancado al niño y lo mostraba casi como un premio consuelo, pero había más. En el piso se encontraba una pulsera, la cual en intento por huir, se le había caído al joven. Al mismo tiempo, la policía recibía una denuncia de una casa a pocas cuadras de la de Nicolás y Florencia.

Eran los padres del chico, parecido a Uter de los Simpsons, quien les había inventado que le habían robado su pulsera. Enterada de lo que en realidad había hecho su hijo, la madre llegó a pedirles disculpas a todos los miembros de la casa, contando que no sabía que hacer y que lo tenía castigado en su cuarto.

Poco le importaban las disculpas a la pareja que, desde ese día, revisan cada rincón del cuarto, cierran todo con llave y duermen con un palo cerca, en caso de que el intrépido niño regordete quiera volver a visitarlos con sus manos transpiradas por debajo de las sábanas.

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