Jornada perfecta

21 de Junio de 2016

El clima nos acompañó y después de desayunar, las checas que habíamos conocido en el otro fale y estaban también acá, nos regalaron sus cosas para hacer snorkel ya que su viaje terminaba. Allí fuimos! Dos pasos nos alcanzaron para nadar sobre un coral inmenso y hermoso. Nos sentíamos los malos de “Buscando a Nemo” sin un gramo de maldad, solo asombro y curiosidad. Después de disfrutar toda la mañana con un sol radiante y un mar #transparentisimo, regresamos en nuestra motito para el otro lado de la isla y así darle la vuelta completa. Durante el trayecto, nuevamente pasamos todos los climas y, además, saludos por doquier. Podemos afirmar que 1 de cada 15 samoanos no te saluda cuando te ve. La gente hizo del camino una ruta más linda todavía.

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Tuvimos intención de pasar a ver los Blowholes en Taga, pero al no estar bien señalizados seguimos de largo. Otra vez será. Tres horas después -entre que pin que pan- llegamos de nuevo a Joelans donde habíamos dejado nuestras mochilas.

A diferencia de los días anteriores esta vez había mucha más gente, entre ellos, Tincho. Un argentino con el que Agus había jugado a la pelota una vez en Nueva Zelanda y con el que siempre se mantuvo en contacto. Andaba viajando con un grupete de todas partes del mundo muy buena onda así que a las horas coronamos el día con unas cervezas en la playa, un fuego en el medio de la ronda (armado por los samoanos del lugar) y charlas en todos los idiomas. Como decimos con Tin: “Momentos retina”, esos que ninguna cámara podrá capturar nunca y que deben grabarse en la retina para siempre.

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Adios Savaii, hola Upolu y familia!

22 de Junio de 2016

Después de una gran noche nos tuvimos que poner el despertador porque nos íbamos temprano y queríamos aprovechar los últimos momentos en Savaii.

Mientras amanecía, decidimos darnos un ultimo chapuzon, y de paso, hacer algo de snorkel pero antes de poder meter la cabeza abajo del agua vimos que el desayuno estaba listo y… la comida no se mancha. 

Como es costumbre, aproveché al máximo cada cosa rica que había: papaya, coco, ananá, huevo revuelto, pan y una especie de buñuelitos dulces. Hubo varias pasadas por la mesa.

Post desayuno nos despedimos de todos y tomamos el bus que nos llevaría al ferry. Era hora de despedir a la increíble Savaii y de conocer Upolu.

Antes del viaje, nos habíamos puesto en contacto con Andrea, una chilena que vive en Samoa y que está casada con un local, Peter, hace dos años. Junto a su pequeña hija Salome, nos recibieron en la terminal del Ferry para llevarnos a su casa. Ellos viven en una aldea lejana, para nada turística, por lo cual ni buses ni taxis llegan. Después de casi dos horas y media de viaje, con parada incluída en la playa donde filman el programa “Survivor”, llegamos. Su casa está en la aldea “Matafa” (significa Cuatro Ojos).

La aldea o “villa” como le llaman a los pueblos, está tan alejada que los nenes para ir a la escuela tienen que caminar una hora o ir en canoa cruzando una bahía. A veces, cuando no hay canoas, nadan. 

A la tarde, Peter se iba a jugar al rugby a Apia e íbamos a acompañarlo. Así que, mientras tanto, Caro jugaba con Salomé y Sofía, otra nena de la familia, y yo intentaba jugar a dar pases de rugby con otro nene. Antes de partir al juego, la genia de Andrea nos preparó un almuerzo.

Una de las principales razones que teníamos para estar ahí era para respirar un poco de cultura samoana, y no nos faltó. Cuando estábamos por irnos, la abuela de Peter me miró, me sonrió, y me hizo un gesto con la mano para que me siente junto a ella. No era cualquier lugar donde quería que me siente, era la tumba de su hija, la mamá de Peter, que había muerto unos años atrás. Creo que ya contamos que es costumbre sepultar a sus familias en su propia casa y ver tumbas de todos los estilos pero, además, la muerte para ellos es motivo de unión y celebración, por lo cual no lo toman con tristeza pero sí con respeto. Fue por eso que al ver donde me había invitado a sentarme pensaba que era solo para que no esté parado, pero no. Al sentarme junto a ella, acarició la tumba y me dio un abrazo. Juro que esa sensación no me la voy a olvidar más. Después me pidió que le diga a Caro que venga a sentarse también. Ella solo hablaba samoano así que todo esto era a través de señas y del lenguaje universal: la sonrisa. Aproveché para empezar a preguntarle por plantas y frutas, y, a nuestra manera, nos entendimos.

Un rato después Andrea nos vino a avisar que nos íbamos así que saludamos y partimos para la ciudad. Ya en la cancha de rugby, aprovechamos para charlar con ella sobre cómo terminó viviendo en Samoa. Al igual que casi todo latino que llega a estas tierras, estaba con la Working Holiday Visa en Nueva Zelanda, donde conoció a Peter. Después de solo 3 meses, decidió venirse con él. Cada seis meses vuelven a Nueva Zelanda ya que él trabaja en la temporada de manzanas y en ese tiempo, gana mucho más que durante todo un año en Samoa. Esto es bueno para ella ya que vuelve un poco a la vida más sociable y además manda a Salome a un jardín donde aprende inglés.

Nos dejó pensando lo jugada y valiente que fue su decisión al igual que lo difícil que debe ser para ella el día a día acá, con una cultura tan diferente.

Volvimos para la casa después de pasar a comer un riquísimo helado por solo 2 talas y de que nos mostraran un poco la Apia nocturna.

El día iba terminando y nos íbamos a dormir, separados por pedido de la familia (solo por el hecho de que Caro debía dormir cómoda en un colchón en el cuarto) pero felices de vivir un día bien samoano y de poder hacerle compañía a Andrea que creemos que necesitaba un poco de sangre latina en una tierra donde se respira, además de todo el verde que hay, mucha cultura samoana.

T.


Tachando lugares soñados

23 de Junio de 2017

Hoy teníamos como principal objetivo conocer To-Sua. Peter se había ofrecido a llevarnos así que después de compartir el desayuno con la familia, saludamos y nos despedimos de Matafa. De camino al lugar, aproveché para charlar un poco más con él mientras Carola hablaba con Andrea y se divertía con Salomé. Les dimos de probar tereré y nos reímos mucho al escuchar en la radio a un samoano cantar una canción de Xuxa.

Antes de llegar a destino, pasamos por las cascadas “Togitogiga waterfall”. No nos parecieron la gran cosa, quizás porque ahora todo lo comparamos con Iguazú.

Llegamos al famoso hoyo natural de To-Sua y nos despedimos de estas increíbles personas (otras mas y van…) que nos hizo conocer Samoa.

Carola tenía gran expectativa por este lugar, no sé si se habrá cumplido pero sin dudas que en el rato que estuvimos, ambos la pasamos más que bien.

Nuestra siguiente parada era Saleapaga, en donde se encontraban unos fales muy recomendados, sobre todo por su comida. Desde To-Sua teníamos unos 15 minutos en auto y una hora caminando. Optamos por la segunda opción que ya sentíamos que nos estábamos achanchando demasiado. Pese a que fue más de una hora y muy cansador valió la pena cada sonrisa, saludo y pregunta que nos hacían cada vez que cruzábamos un nuevo pueblo. No me canso de decirlo: la gente de Samoa es genial!

Llegamos a FaoFao Beach Fales, los recomendados. Dejamos las cosas y nos tiramos a descansar con el hermoso sonido del mar de fondo. A la hora de cenar compartimos el rato con una pareja española, una de NZ y otra colombiana. Con esta última charlamos un largo rato sobre viajes y demás. Nos contaron que venían de estar en Fiji dos meses y a Carola mientras más contaban, más se le iluminaban los ojos. Antes de irnos a dormir, me miró y sin que dijera nada le dije: “Si, sumamos a Fiji como próximo destino”. Así es la vida al lado de una soñadora, y me encanta.

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