Son las 6:00 AM. El amanecer es en cuarenta minutos, por lo cual todavía se pueden ver las estrellas y una luna bien llena. Son nuestras últimas horas en esta hermosa ciudad así que con Carola decidimos que sea especial.

El día anterior descubrimos un templo con casi nada de turistas y nos pareció el lugar ideal para ver nuestro último amanecer. Al llegar, el cuidador del templo nos abre la puerta para que seamos los primeros – y casi únicos – en ingresar.

Subimos esas oscuras y angostas escaleras, yo agachado mientras ilumino el camino con la luz del celular. Todavía no hay más luz que la de las estrellas y la luna así que me es difícil distinguir el final del pasadizo.

Llegamos y el panorama es el esperado. Solos, bien solos. Sin ruidos salvo el de algunos grillos. ¡Tenemos un templo propio! Nos sentamos a esperar la llegada del sol y ahí es cuando me pongo a pensar.

Me veo sentado en un templo de más de mil años y no lo creo. Me repito una y otra vez que en esta oportunidad, para variar, sí que lo voy a disfrutar a pleno. No pensar en la foto, ni en el video. Solo yo y este instante.  El silencio sigue siendo tan grande que puedo escuchar el ruido del fuego inflando los globos aerostáticos (esos que hacen de la salida del sol algo aún más hermoso).

El sol comienza a asomarse y ya no es el fuego el que ilumina los globos. Clic mental. Ahora si, clic en la cámara.

Es un momento retina, de esos que a veces hace falta fotografiar pero sobre todo escribir para recordar hasta el mínimo detalle y, aunque sea por un instante, trasladarse a ese lugar.

Son solo dos días y medio los que estuvimos en esta ciudad pero no quería dejar de expresar lo enamorado que estoy de ella y de su gente. Sobre todo de su gente. Y tengo que resaltarlos porque a fin de cuentas el paisaje siempre cuenta, pero termina siendo una decoración de las personas que conoces.

Bagan desde el primer momento me conquistó.  En cada esquina de esta ciudad hay dos cosas que siempre uno se va a encontrar: templos y sonrisas. Esa combinación hace que este lugar sea mágico. Descubrir templos poco explorados y que tengan que abrirlos solo para vos es algo que en pocos lugares todavía se puede disfrutar.

Siento que me podría quedar 1 mes, una vida acá. Pero hay que seguir. Eso sí, me juro y me recontra juro – y que esto sirva de recordatorio – volver a Bagan a seguir disfrutando de sus templos, sus amaneceres y atardeceres, y de su gente.

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