Hicimos tan poco en Humahuaca que hasta nos olvidamos de sacarle foto. Lo que si aprovechamos fue a comer anoche unos sanguchitos con pan francés y fiambre de maquina (jamón, queso y salame) el cual nos sobró para hoy a la mañana en la que decidimos que iríamos bien temprano a Iruya.

Nos levantamos, calentamos el agua para el mate y corrimos hacia la terminal ya que llegábamos tarde para tomar el micro. La suerte estuvo de nuestro lado y justo pudimos tomarlo cuando se iba del pueblo.

Después de 3 horas de viaje rodeados de un paisaje único lleno de montañas, arribamos a nuestro siguiente destino: Iruya. Antes que nada quiero aclarar que tanto Carola como yo pensamos que este pueblito formaba parte de Jujuy pero no, es Salta.

Apenas nos bajamos del bus una chica de solo 11 años nos ofreció hospedaje, casualmente, en el lugar que nos habían recomendado: Palmira. Dejamos las cosas en la habitación y fuimos de inmediato a buscar un lugar en donde pasaran el superclásico y, de paso, pudiéramos comer un asado y tomar unas cervezas.

Lo primero lo conseguimos y lo otro no, aunque no nos quejaríamos del cambio. En un comedor que estaba adornado con un poster de Boca, comimos unas milanesas con puré que disfruté como la mejor comida hasta ahora del viaje. Prometimos volver más tarde a tomar unas cervezas, ver el  Boca-River y probar las empanadas de carne y de queso.

Desde que pusimos un pie en el norte argentino no vimos una nube asomarse. Así es como de día el sol pega de lo lindo por lo que tan solo unas cuadras nos hicieron sentir el duro calor y nos convencieron de ir a dormir una siesta, otra genial costumbre de las provincias argentinas (¡YA ES HORA DE APLICARLO EN BUENOS AIRES!).

Volvimos al comedor solo para ver el triste triunfo de las gallinas. Después nos compramos la docena de empanadas a solo 30 pesos y las acompañamos con unos tererés bajo un cielo repleto de estrellas. Ojalá hubiese traído una cámara mejor para mostrar en imágenes lo que son las noches acá. No puedo decir más que me enamoré de la noche del norte argentino. Creo que, si se le presta mucha atención, hasta ovnis se pueden ver.

Recorrimos un poco más el lugar y nos fuimos a dormir cansados con las subidas que tiene el pueblo y un poco fastidiosos con el resultado pero, sinceramente, y lo vuelvo a repetir, es tanta la paz que hay acá, la amabilidad con la que te tratan los lugareños, el paisaje que rodea, todo ese contexto hace que te vayas a la cama con una sonrisa y un sentimiento de que estás en un sitio donde los momentos buenos siempre van a superar a los malos.

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