Casualmente las vueltas de la vida me devuelven acá. El norte argentino fue el primer lugar que visité con mi mochila en la espalda en enero del 2010. En aquel entonces fue medio un manotazo de ahogado ante vacaciones frustradas con mi prima, lo que no sabía, es que sería el disparador para todos los viajes que vendrían después.

Aquella vez viajé junto a una amiga, su novio, y un amigo de él. Fueron 15 días de improvisada convivencia armando y desarmando la carpa en cada lugar que visitábamos, fueron dos semanas que me transformaron la cabeza. Cada lugar y cada persona que conocía alimentaban mi mente y el día que volví a Buenos Aires me sentía desahuciada. Para peor, trabajaba en un call center y me colgaba con el teléfono en pausa volviendo a los paisajes que me habían alojado.

Fueron varios los días que pasé así, hasta que tomé valor y dejé ese trabajo que tanto me fastidiaba. Había llegado el turno de irme hacia el sur a sumar otras tantas historias, esta vez con más seguridad, con más convicción que otra cosa.

Será por todo esto que volver al norte me hace sentir ese cosquilleo especial. Fue acá donde supe que quería vivir viajando, fue acá donde me imaginé por primera vez viviendo lejos de mi casa pero despertándome frente a una montaña sintiendo que eso me bastaría, fue acá donde supe interpretar silencios o prestar más atención a pequeñas cotidianidades que me rodeaban y ni me percataba; fue acá donde aprendí a jugármela por lo que realmente me hace feliz y esa lección es la que sigo aplicando hoy para cada día de mi vida.

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