Por cuestión de tiempo y precio, decidimos tomar un autobús desde Singapur hasta Malacca, Malasia por solo 18 SGD (más o menos 12 USD). El viaje sería de 4 horas incluyendo el paso por la frontera entre ambos países. O eso creíamos.

Cho, mi amigo malayo, me había advertido sobre la frontera pero yo reía pensando: “Él porque no conoce las fronteras de latino américa”. Al llegar a la primera, saliendo de Singapur, todo parecía normal: en 20 minutos los 4 ya habíamos hecho los papeles y ya estábamos encima del bus, al cual llegamos medio a las corridas perseguidos porque tenía un cartel que avisaba que no esperaban más de 30 minutos.

Después de un largo puente, llegamos a la entrada de Malasia pero, antes de llegar, el micro frena y el conductor, muy apurado, nos dice con cara sería y agitando las manos que nos movamos y bajemos rápido. No entendíamos mucho por qué tanto apuro pero no nos sorprendimos ya que cada día que conocemos nuevas culturas vemos que o son muyyy relajados, o están siempre apurados.

Cuando salimos, agarramos nuestras cosas y empezamos a caminar. En cuanto nos íbamos acercando el panorama iba poniéndose más entendible. Una cola interminable de micros por un lado y un aglomeramiento de gente del otro. Miren que viajamos por Sudamérica pero jamás habíamos visto tal caos en una frontera.

La gente se empujaba, se colaba, no había fila alguna ni oficial o persona a cargo que pusiera orden. Un poco asustados por el límite de 30 minutos de espera (el cual ya veíamos imposible de cumplir) nos metimos como pudimos junto a una pareja que habíamos conocido en el micro que tenían una pequeñita de solo 15 meses (él turco y ella bosnia, con una hija criada en Ruanda. Linda mezcla). Cuidándola para que nadie la lastime, fuimos avanzando muy lentamente rodeados de un calor humano agobiante.

De repente, el padre de la nena ve a un oficial el cual le avisa que había otras filas nuevas dándole la vuelta al edificio. Sin avivar a nadie, fuimos los 6 rumbo al lugar y el paisaje era otro. Pocas personas en filas claras pasando la frontera. El alivio y tranquilidad fue inmediato como la forma en la que el oficial de inmigración nos dio el sello de entrada.

Terminado el tema de la entrada, ahora llegaba un nuevo problema: ¡¿Dónde está nuestro micro?!! Estábamos  perdidos, con no menos de 100 micros alrededor.

Después de varios minutos en los que Mati y yo recorrimos micro por micro mientras las chicas cuidaban las cosas y entretenían a la pequeña turco-bosnia-ruandesa, un malayo que viajaba con nosotros y se acordaba de nuestras caras, nos dijo que había encontrado nuestro transporte y nos explicó que todo este quilombo era por la vuelta de las vacaciones de la escuela (buscar bien).

Por fin llegamos y, ya relajados mientras esperábamos al chofer, nos pusimos a charlar con la pareja y a jugar con la nena. Ellos viven hace 3 años en Ruanda, África, y viajan todo el tiempo a diferentes lugares del mundo con su hija, a la cual le encanta hacer amistades.

Siempre de los malos momentos se saca algo bueno y, en este caso, cuando todo podría haber sido fastidio y bronca por la desorganización y desinformación en la frontera, todo fue risas y charlas con estas nuevas personas que nos cruzó el viaje a las cuales ya les prometimos ir a visitarlas a Ruanda. Todo sea por seguir viajando y seguir conociendo gente increíble a cada paso.

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