Día 1: Contrastes

Nuestra llegada a Fez se puede definir en una sola palabra: CONTRASTES.

Desde el aeropuerto de lujo que nos recibió con sus estructuras de cerámica y madera tallada hasta el autobús que nos llevó cerca de la Medina. Este no solo nos quiso cobrar de más sino que dejaba subir sin pagar por atrás y casi se va a las piñas con dos pasajeros porque se toreaba con un auto. Y los contrastes seguirían.

Llegamos a la Medina gracias a Jamil, el taxista más honesto del mundo que nos dijo: “Ustedes son turistas así que les cobro más”. Esas simples palabras nos convencieron y además la diferencia era ínfima así que evitamos un largo rato de regateos. Al meternos dentro de ella pudimos ver alfombras y metales que cualquier ricachón tendría en su casa, gatos de todas las formas y tamaños, mujeres y hombres pidiendo dinero, y lo más impactante de todo: los olores.

Después de esquivar a varios ventajeros que por solo decirles “hola” ya querían que les demos una moneda, llegamos a nuestro Riad, dejamos las cosas y fuimos a comer a un lugar al cual volveríamos gracias a la amabilidad y atención (y al precio, obvio). Primer día en Marruecos y ya sentimos la intensidad que nos decían que íbamos a encontrar la cual, creemos, necesitábamos después de la tranquilidad y la indiferencia Europea.


Día 2 : “Te dije que no”

Salimos a recorrer la Medina “Fes el Bali” en Fez que es una de las más antiguas de todo Africa, de hecho, existía antes de que exista Marruecos. Es un laberinto de miles de calles, con mercados de todo tipo y gente que viene y va de un lado a otro. Imposible no perderse y hasta sentir un poquito de temor, todo es muy avasallante y cuesta entrar en ritmo.
De entrada nos avisaron que todos te quieren sacar ventaja así que caminamos a la defensiva, una manera horrible que no acostumbramos (con lo que nos gusta hablar con los locales!) y ahí sucede: nos perdimos y se nos acerca un tipo. Típico, “nos va a querer explicar algo y acto seguido pedirnos plata por su información”, pensamos. Tratamos de relajarnos y le sacamos charla mientras él nos ofrece mandarina. “No, gracias” (no vaya a ser cosa que nos cobre por esto también) pero no le importa la negativa y nos la da igual. Se sienta con nosotros y nos cuenta que se llama José, que tiene familia en Italia, que le gustaba el fútbol y que el camino que debíamos tomar lo indicaba tal cartel. Después de unos minutos avisa que se tiene que ir, que un gusto, que disfrutemos de Fez. Nada de pedido de dinero, sólo quería charlar. Nos miramos sintiéndonos unas mierdas por juzgar a todo el mundo de la misma manera, pero le agradecemos a José porque a partir de ese momento nuestra actitud cambió por completo para todo lo que vendría.

 

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