Es muy difícil volver a la rutina y así fue como desde que puse un pie en Capital Federal al regreso del viaje más lindo de mi vida no dejo de pensar ni un solo día en cuando puedo volver a rajar.
No recuerdo cómo ni cuando surgió, pero sé que cuando le conté a Agus que mi perra Lola de chiquita nadaba un montón en la pileta de casa, pero que no conocía la playa, fue automático su comentario: “Un fin de semana largo, agarramos a la gorda y la llevamos a conocer el mar”.
Parece una boludez, pero mi perra tiene 12 años, es obesa, hace poco le descubrieron varios tumorcitos y vive con mi abuela en una casa chica. Con todas sus contras a cuestas sin embargo, mueve la cola y salta desquiciada cada vez que vamos a verla, te da la pata cada vez que le haces mimos, y te mira con la cara mas dulce del mundo cuando le hablas.
Todo muy a último momento como solemos hacer, decidimos ir este fin de semana largo a San Bernardo, en la costa argentina. Un amigo de Agus nos prestó la casa, conseguimos una combi que llevaba mascotas y huímos con la gorda.
La felicidad de esa perra cuando vio la inmensidad de la playa fue impagable. Corría con su huesito en la boca, se salpicaba con las olas y se sorprendía con cada sonido y cada movimiento alrededor.
Fueron solo tres días, pero juro que en cada uno de ellos me sentí realizada por haber cumplido un nuevo objetivo -en este caso que implique a una de las cosas que mas amo en el mundo- y porque la persona que tengo al lado insista en darme cuenta que a veces lo bueno se hace esperar pero que hay que contribuir para lograrlo.
Caro
