Día 53: Uyuni, “Dime dónde naciste y te diré quién eres”

Después de casi 12 horas durmiendo me levanté para darme una buena ducha caliente. Abrí la canilla, fiché que era eléctrica y esperé a que comience a entibiarse… pero no pasaba nada. Del otro lado de la puerta un señor me pedía que cierre el agua y espere. Al minuto me indicó que no podría bañarme hasta más tarde y cuando empecé a quejarme me dijo que hable con la dueña.

Salí del baño a las puteadas y curiosamente  apareció la muchacha: “¿Por qué no se bañó anoche?”, arrancó; “Me dijeron que tenía agua caliente las 24 horas, me tendría que bañar cuando quiero”, rematé; “Bueno no. Ah, a las 11 tienen que dejar el cuarto libre y pagar lo que deben” señaló ante un “Eh?? Mi novio ya les pagó”. Ella insistía en que no y lo llamamos.

La que nos había cobrado el día anterior había sido su hija (aunque después todos negaban ser sus padres, pero así nos habían dicho en principio). Para que se den una idea, a esas horas estaba en el colegio así que debíamos esperarla a que regrese para que dé su versión. Lo más cómico no es que ya le habíamos pagado el cuarto sino que encima ella nos debía un vuelto a nosotros. Después de un rato de discutir, apareció un tipo (supuesto dueño también) y terminó de sacarme de quicio.

“Ya me pasó con varios argentinos, yo sé como son”, dijo y fue suficiente. “¿Porque somos argentinos somos chorros?”, le tiró Tiny después de un rato de explicaciones y advertencias de llamados a la policía turística. Sin querer me salió algo que casi nunca falla: llanto sacado. “¿Usted se cree que somos tan descarados de quedarnos hasta tarde sin pagar? ¿Por ser argentinos nos va a tratar así? A mí me educaron muy bien señor” le pseudo gritaba entre lágrimas, y antes de que siga, Agus me empezó a calmar y el tipo cambió su discurso: “No se ponga así señorita, yo tengo amigos argentinos”. Nos fuimos del hostal prometiendo regresar cuando vuelva de clases la chica; no teníamos de qué escaparnos.

Nuestro tren salía a la noche así que todo nuestro día implicaba el hacer que pasen las horas. Por suerte la espera se hizo más amena al conocer a un grupo de cinco argentinos que andaban subiendo por el continente. Compartimos charlas y consejos entre birras, mates y otras yerbas, y cuando nos quisimos acordar ya estaba oscureciendo.  Tiny conoció a un japonés fanático del fútbol que se dirigía hacia la Argentina al que le ofreció jugar para Pomarola (equipo de Agus) cuando llegara. El ponja aceptó feliz por la oferta. La otra historia terminó con la pendeja negando todo y con nosotros sin poner un peso de más.

Cuando creíamos que nos despediríamos de Bolivia con esta mala experiencia apareció Antonia nuevamente ofreciéndonos agua para el mate y frutas para el camino.

Sería injusto hacer un balance negativo del país vecino pero considero que de cada mal trago se aprende un poco. Las expectativas pueden romperse sin querer y así y todo uno no perder las ganas de seguir conociendo gente y sumar historias.

Nuestra noche terminó en la estación de tren junto a tres perros callejeros. Desde temprano ya habían estado buscando calor entre nosotros en la plaza. Fue tal el cariño que nos generaron que casi que terminamos lagrimeando cuando los vimos al lado de nuestra ventanita del ferrocarril apoyando las patitas como queriendo subirse. De película.

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