Día 49: Copacabana y La Paz

Parte 1: “Hoy es un día del carajo”

“Apurensé, parecen gringos”, nos agitaba desde su lancha Bernardino, el marido de Alicia. La bronca de ciertos modos a la larga nos termina causando gracia, así que bajamos rápido para irnos hacia Copacabana . La cara de enojo del señor regresó cuando Tiny dijo que se había olvidado el celular. No es que hayamos andado ni 5 minutos pero él insistió en que estaba muy apurado, que bajemos y nos tomemos otro. Entre súplicas y prometiendo que todo se buscaría velozmente nos esperó y nos explicó: “Tengo que llegar al desfile, ayer fue el Día del Mar y parece que pronto lo recuperaremos”.

¿Cómo no iba a estar apurado? Es un evento importantísimo dentro de un contexto único: Bolivia reclama la salida al mar que le fue robada por Chile en la Guerra del Pacífico (1879). El conflicto se encuentra actualmente en la corte de la Haya y en el país boliviano hay mucha esperanza de que se falle a su favor y de que, por fin, recupere el derecho del cual es privado hace tantos años.

Cuando arribamos a Copacabana sonaban trompetas, tambores y y clarinetes; las cholas llevaban puestas sus mejores polleras y esperaban atentas las indicaciones apra ngresar en el desfile; los hombres por su parte vestían de traje y mientras degustaban de los platos típicos del lugar exclamaban que era un “día del carajo”.

Una vez finalizados los festejos y felices por haber sido parte de los acontecimientos nos tomamos un bus hacia La Paz.

Parte II: La Paz, “¿Quién carajo le puso el nombre a esta ciudad?

Caos. No encuentro una palabra que encaje mejor a mi mirada sobre este lugar. Ya antes de bajar del bus por la ventana veía miles de personas yendo y viniendo, los puestos de comida callejeros casi que rozaban con los coches que entre bocinazos generaban un quilombo de tráfico que no vivía hace rato. De fondo, toda la ciudad se elevaba entre montañas con sus casas de ladrillos y la altura comenzaba a pasar factura.

Bajamos los cinco en busca de un hostel. Teníamos un par de nombres anotados pero no había quien pudiera señalarnos una calle, ya sea por ingenuo desconocimiento o porque directamente nos volteaban las miradas. Después de un rato caminando tiramos las mochilas en una plaza y más livianos fuimos en busca de información. SI había algo en lo que coincidíamos era que recién habíamos llegado y ya queríamos huir. Se abarajó la posibilidad de seguir cada uno su rumbo, pero no estábamos listos para despedidas abruptas.

Gracias a las geniales negociaciones de Tita conseguimos el hostal “El Carretero” a 25 cada uno. El lugar estaba bueno y estaba inundado de mochileros y malabaristas. Al dejar las cosas salimos a la caza de un almuerzo/cena y brindamos por el viaje y el habernos conocido. Tita y Manuel seguirían viaje hacia Brasil, Iván en cambio, había optado por venirse a Argentina, recorrer un poco y luego instalarse en Buenos Aires donde vive su hermana. Esta situación hacía inevitable poner vidriosos los ojos de Tita cada vez que abrazaba a su primo.

Regresando de la cena fuimos en busca de helado (para variar….). Entramos a una heladería y con total naturalidad le pedí a la vendedora “Por favor” probar el granizado. “No porque después no lo compran”, me contestó con su peor cara de orto. “Así más vale que no te lo vamos a comprar. Chau, te perdiste dos clientes”, le dijo Tiny mientras yo seguía sonriendo indignada intentando entender el nivel de conchudez. Unos pasos más adelante llegamos a una tienda que nos proveyó de golosinas y helados a preciso increíbles. La señora nos trató con una simpatía y amabilidad que me dejaba pensando en la dicotomía que me mostraban los bolivianos. No hay término medio, así y todo, sigo haciendo el esfuerzo de no generalizar y valorar los buenos gestos.

Al salir de la tienda nos cruzamos con unos brasileros y uno de Dinamarca con los que habíamos compartido el bus hacia La Paz. La mezcla de idioma era genial y todos nos recomendábamos qué lugares visitar. La sorpresa la dio uno de los brazucas cuando nos dijo que era de Chacarita y cuando fuera a Argentina compraría su casaca. Por supuesto, recordé a mi amigo funebrero Gastón.

Regresamos al hostal y entre música y charlas nos dormimos. Al otro día nos separaríamos todos con motivos diferentes pero la misma urgencia. Cerré los ojso con esa molestia en el pecho llamada angustia. El viaje entra en su recta final y aunque me siento más realizada que nunca, quisiera vivir plena como ahora para siempre. Me devuelve la sonrisa saber que encontré al fin mi compañero de viaje –y de vida- y que sin terminar esto, ya estamos planeando mil viajes más.

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