Día 47, parte II: Copacabana, “Ni acá vale el peso argento”

Cruzar de Perú a Bolivia fue sencillo, al menos para nosotros. Pasaporte, un papelito que nos habían dado en el ingreso a Perú  que de pedo no lo tiramos, un sello por acá, otro por allá y listo. A Copacabana.

Llegamos con una lluvia molestísima en busca de Hostal y bastante decepcionados de no haber tenido tanto éxito con los pedidos de hospedaje en Couchsurfing, entre que no son tantos, los que contestaron ya tenían gente.

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Después de consultar precios, nos instalamos en uno medio pelo para abajo donde lo único que pretendíamos era que tenga agua caliente. El frío se empezaba a hacer notar más que nunca alejándonos del Ecuador y las pretensiones comenzaban a cambiar. “Si si, por supuesto, eso sí, se pueden duchar una sola vez”, dijo el dueño de la residencia. A la noche recordamos a toda su familia, el agua jamás salió ni tibia y tuvo el tupé de gritarnos por la ventana que nos apuremos.

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Salimos a recorrer el pueblo y a deslumbrarnos con el famoso Lago Titicaca, una enormidad que comparten Bolivia y Perú y que nos enseñaba un nuevo paisaje, diferente a cualquier cosa que hubiésemos imaginado.

Caminando por las calles nos encontramos con unos chicos colombianos de Cali que ya habíamos conversado subiendo a Machu Picchu y que también compartieron el mal viaje a Bolivia junto a nosotros. Los presento porque a partir de acá ellos van a ser una parte muy importante: Tita, 30 años, ingeniera pero tatuadora y dibujante de alma. Estuvo viviendo en México, Argentina y Brasil y tiene una chispa y una energía genial; Ivan tiene 28 años, estudió Gestión Ambiental y es de los típicos tipos tranquilos que de repente te sorprende con un comentario que te mata de risa; Manuel es el más chico, solo tiene 20 y parece mucho más maduro. Es un aficionado al teatro y sueña con venir a Argentina a perfeccionarse en lo suyo. Una vez presentados, continúo.

Mientras conversábamos sobre el ingreso al país, nos sorprendieron para mal con su relato. Resulta que donde nos sellaban los pasaportes les preguntaron de qué nacionalidad eran y al contestar “Colombianos” los separaron y los llevaron a una oficina con 8 policías. Allí, uno de ellos les dijo que podrian pasar si les daban dinero a todos ellos y, ante la negativa de los chicos, terminaron arreglando en 30 dólares entre los tres y con un permiso de tan solo 10 días en el país. Increíble.

Antes de llegar a Bolivia teníamos entendido que mucho no nos quieren a los argentinos (vemos que a los colombianos tampoco), debido a la discriminación que reciben en nuestro país. A diferencia del resto de sitios de Sudamérica que conocí en este viaje, acá nadie se esmera en venderte. De hecho, en varias tiendas te atienden de mala gana y te sacan las ganas de comprar. El cambio increíblemente acá tampoco nos favorece (linda la economía argentina!). Un peso argentino son 0.50 bolivianos, nefasto. Así y todo a comparación de los precios que veníamos manejando, acá estamos más relajados.

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Coordinamos con los chicos para salir mañana bien temprano hacia la Isla del Sol, mientras tanto disfrutamos del sol que se dignó a regalarnos una hermosa tarde en el muelle y de la tranquilidad del lugar.

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