Día 44: Machu Picchu, «Llenos de vida, llenos de magia»

Nuestro guía nos esperaba 6:30 AM en la entrada a Machu Picchu así que 4:30 salimos del hostal junto a los albaneses. Lloviznaba y hacía frío pero en 10 minutos de subida ya estábamos todos goteando la frente. Hay que admitir que el camino es cansador pero toda esa mezcla aventurera de la incertidumbre del clima, el transcurso del amanecer, y las ganas de llegar hacen que valga la pena.

A la hora indicada llegamos con el grito de tiny “Vamos carajo”. Muchos turistas ingresaban y nosotros ahí, con la emoción a flor de piel.

Pilotines ridículos puestos y guía asignado, comenzamos el paseo por una ciudad que te traslada a otra dimensión. Las explicaciones eran clarísimas y nos dejaban anonadados con algunos datos.

PUNTO Y APARTE PARA UN POCO DE HISTORIA:

La ciudad de Machu Picchu fue construída por los Incas en el siglo XIV y se encuentra ubicada estratégicamente entre cuatro montañas (Huayna Picchu y Machu Picchu son las más importantes) por una cuestión de protección. En este lugar solo vivían las personas importantes como sacerdotes, familia real, etc. Ante el acercamiento de los españoles decidieron irse a la selva peruana y es por eso que hay varias partes de la ciudad sin terminar.

Los españoles nunca llegaron, quien descubrió Machu Picchu en 1911 fue un yankee llamado Hiram Bingham, es por eso que muchas obras y piezas Incas se encuentran en EEUU. Respecto a los rumores sobre el cierre de los ruinas por preservación, los guías explicaban que se hicieron muchos estudios que determinaron que no se podía deteriorar el sitio por años y años. 

Volviendo a nuestra experiencia, el tour fue muy bueno. Pasamos por todos los climas menos el sol pleno. Por las dudas, nos apuramos en subir la montaña Machu Picchu y esperar que se despeje. Esta subida era de dos horas e implicaba más esfuerza aún que el que habíamos hecho más temprano. Antes, nos despedimos de la pareja de Albania dejándonos los facebook como contacto y esperando verlos pronto por Argentina.

A mitad de camino, mientras descansábamos y comíamos una manzana, logramos ver las ruinas desde arriba. La gente que bajaba de la cima decía que, por la cantidad de nubes, no habían llegado a ver nada y todos se sacaban la foto donde estábamos nosotros. Ese fue motivo suficiente para decidir quedarnos ahí contemplando el paisaje.

Después de una hora de fotos y charlas con turistas de todos lados retornamos hacia la ciudad Inca que ahora se encontraba repleta de gente. Aunque nos fastidiaba un poco, nos alejamos y terminamos de recorrer todos los recovecos. Es cierto eso que dicen de la energía que se siente en Machu, es especial, es única.

Volvimos al pueblo caminando, fusilados y con la piernas templando. Después de una ducha caliente y una siesta merecida, cenamos una pizza y una cerveza cusqueña. Había que brindar, no se cumplen sueños todos los días y hoy, fue uno de esos.

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