Día 32: Cuenca, «Despidiéndonos de Ecuador a puro trekking»

Nuevamente nos prometimos levantarnos temprano. Esta vez nuestro objetivo era el Parque Nacional Cajas, a 30 kilómetros de Cuenca, que contaba con una gran cantidad de lagunas, cascadas y senderos para caminar. Cumplimos y, bien temprano, emprendimos rumbo hacia el lugar.

(Seguramente ya lo dijimos pero vale repetir que, desde que está Correa, todos los parques nacionales son gratuitos, algo que suma mucho a la hora de poder recorrer el país y sus paisajes).

Ya en el parque, post declaración de amor de uno de los guardiaparques a Carola, elegimos el sendero más corto de 3 hs. ya que los otros iban de 5 horas hasta una noche de acampe y nosotros no teníamos ni el tiempo ni las ganas. Vale aclarar que ya de por si el lugar se encuentra a 3.200 metros y se puede llegar hasta los 4.100.

Arrancamos el recorrido esta vez sin las canciones, las risas y las bromas de nuestros guías Erick y Cris (nuestros queridos couchs de Quito). De arranque Caro, como en El Ruco, mostraba una cierta cara de fastidio al saber lo largo que era hacer todo ese sendero pero sabía que era otra prueba a su aguante por lo que respiró y arrancó.

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El paisaje era increíble, rodeado por lagunas, montañas, llamas y hasta conejos (cof) pero, por sobre todas las cosas, de una paz y un silencio únicos. Eso si, lo que costaba y cansaba ya que el camino estaba bastante embarrado por lo que sabrán cómo terminaron nuestras zapatillas. Hasta mi campera tuvo destino de barro. Pese a las pausas que metimos, pudimos terminar el trekking en 3 horas y media.

Había un poco de barro
Había un poco de barro

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Cansados pero felices por la larga caminata fuimos a la ruta a esperar el bus que nos lleve de vuelta a Cuenca. Un personal de esa empresa de transporte nos había asegurado que salían buses cada una hora. Era mentira.

Sin transporte de regreso tuvimos que recurrir al ya querido “dedo” o “autostop” y, gracias a los dotes de Carola, un hombre que venía de Manabí, frenó y nos llevó a nosotros y a una pareja de extranjeros que no entendía nada por lo que salió mi spanglish para explicarles que nos llevarían a la ciudad.

El conductor era Fabricio; hace 15 años vive en Cuenca y viajaba solo por lo que nos subió con gusto. No solo nos trajo de vuelta si no que nos dejó en la puerta de donde estamos parando. Un genio.

Despedimos a los desorientados turistas y subimos a tomar unos mates, armar los bolsos y despedirnos de Juan que estaba con unos amigos por lo que no pudo darnos mucha bola.

Así es como nos despedimos no solo de cuenca si no que de Ecuador. Un país maravilloso que nos deja miles de anécdotas, vivencias, aventuras y sobre todas las cosas, amigos y familia. Se viene Máncora, se viene Perú y nuevas historias por contar. Gracias inmensas a cada persona que se hizo presente en nuestra estadía por las tierras ecuatorianas.

T.

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