Con las baterías bajas en Praga

Recién nos fuimos de Praga y ya sabemos que tenemos que volver. Tal vez en otra época, tal vez en mejores condiciones y con más tiempo. El último destino de este primer viaje por Europa del Este nos terminó demostrando que no se puede correr por mil países en diez días, que no se puede conocer todo, que si el cuerpo te está diciendo que te tenés que quedar en cama no podes hacer oídos sordos, pero esto lo entenderíamos después.

Tuvimos la inmensa suerte de quedarnos en Praga con Tereza, una checa que habíamos conocido en un tour inolvidable hacia Komodo en Indonesia y con la que, para ser sinceros, no habíamos tenido tanto tanto trato. Sin embargo, desde el día uno se interesó por nuestro blog, nuestros viajes y siempre quedamos en contacto. Así fue que un día me dijo: «si vienen para acá avisame». No lo dudé y allí nos recibió en su pequeño departamento en las afueras de la ciudad con un mapita repleto de marcas y flechas de colores, boletos para los trayectos y hasta snacks para pasar el día. Una genia total.

El primer día en Praga caminamos de lo lindo. La plaza principal, el reloj astronómico, la catedral y mucho más. Después de cruzar el famoso puente de Carlos, llegamos al Muro Lennon. Este lugar es una pared llena de grafittis de colores con dibujos, frases revolucionarias y alegres sumado a un tipo que tocaba con su guitarra tema de Los Beatles y pedía monedas en su funda para arreglar la máquina del tiempo y volver a los 60. Un crack.

Después de caminar por El Barrio Mala Strana, donde se encuentra el museo de Franz Kafka, volvimos para el lado del centro. Allí comimos la peor y más cara hamburguesa vegetariana de Praga y empezamos a fastidiarnos. Yo quería ir a ver la Casa Danzante y Agus estaba para atrás. Por no querer que yo diga que me quedaba con él decidió acompañarme y cumplir mi capricho. El edificio está bueno pero un café en un lugar calentito hubiese sido mejor. Mala mía.

A la tardecita nos encontramos con Tereza y su amiga Klara (que también estaba en el barco de Indonesia) para compartir una linda cena con comida típica checa que iba desde sopas hasta el famoso Smazak, una especie de milanesa de mozzarella pero con distintos quesos. Riquísima. A todo esto, Agus cada vez se sentía peor, una cuasigripe lo tenía abombado, con mocos, tos, dolor de cabeza y un cansancio tremendo. Esa noche volvimos y durmió unas 12 horas, santo remedio.

El dia siguiente encaramos para la zona del castillo de Praga. Esa parte de la ciudad tiene unas subidas con vistas geniales. Subimos a través del Monte Petrín y vimos la mini torre Eiffel, pasamos por la iglesia, y caminando un poco más hacia el lado de la ciudad aparecimos en el segundo estadio más grande del mundo: Strahov. Agus, experto en el rubro, me había contado sobre él y al estar ahí y verlo tan abandonado nos daba mucha intriga y curiosidad. Hoy en día sigue desmejorado pero al menos en su interior nos llevamos la sorpresa de que el equipo Spartak Praga lo utiliza como lugar de entrenamiento.

Después de la visita al estadio, caminamos por un típico barrio soviético. Los bloques de cemento grises y sus ventanas rectangulares son inconfundibles. Bajamos de nuevo por el parque y lo imaginamos como sería en verano, lleno de flores y colores, ahora el clima nublado no lo hacía tan lindo pero al menos nos permitió tomarnos unos mates desde uno de sus miradores.

A la tardecita nos encontramos con Tereza en la cima del metrónomo de Praga, desde donde se puede ver la ciudad y el castillo. Vale la pena de noche con todas las luces.

Volvimos a la casa y ahora la que empezó con los mismos síntomas era yo. Dolor de garganta, de cabeza y el cuerpo facturándome los diez días de gira. Habrá revancha para disfrutar este lado de Europa mucho más, nos lo prometo.


Cómo llegamos: Nos tomamos un bus nocturno desde Budapest con Regio Jet (muy bueno: moderno, con peliculas y auriculares, y de yapa te ofrecían café, chocolate, capuchino) desde Cracovia que tardó 7 horas . Nos costó 35 euros por dos pasajes.

Qué nos gustó: el arte callejero, los colores de la ciudad, la arquitectura y sus cervezas.

Qué no nos gustó: la cantidad de turistas (y eso que era temporada baja) y el clima, algo que no se puede combatir.

Qué hacer: principalmente caminar Praga. No es muy grande y en cada lugar hay cosas para ver. Probar las cervezas que hayan en cada rincón y comer mucho ya que no es una ciudad tan cara como otras importantes de Europa.

 

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