Chefchaouen y su magia azul

Día 3: «Bienvenidos al pueblito azul»

Hoy partimos rumbo a Chefchauen en bus y los asientos que nos recomendó el de la boletería valieron la pena. Adelante de todo, pudimos ver la realidad de Marruecos en su máximo esplendor: pastores con sus ovejas y cabras bien pegados a la ruta, nenes al costado del camino mirando los autos pasar, mujeres y hombres encima de burros, y mucho más.

Después de un camino de curvas, el conductor nos vio que teníamos la cámara en la mano y nos dijo: “Usenla ahora que estamos llegando”. No pudimos estar más agradecidos ya que al pasar un monte se asomó Chefchauen con su colorido azul y nos dejó una gran toma.

Al llegar a la ciudad decidimos caminar la empinada subida hacia la Medina para encontrarnos con nuestro anfitrión (el cual se mostraba muy misterioso al no querer pasarnos su dirección exacta). Después de pedirle a un marroquí que lo llamara apareció Touhami. Este muchacho nos recibió y nos dio la habitación más cara pese a que no habíamos reservado esa porque según él “los argentinos se la merecen”. Raro. Pero no hubo queja alguna sobre todo al ver la vista que teníamos.

Además de nosotros una pareja de rusos – muy cansada – estaba tomando té en el comedor. Charla va charla viene pegamos buena onda hablando en inglés, cosa que al parecer le molestaba a nuestro anfitrión que decía palabras en árabe que para nosotros sonaban a insultos. Jamás lo sabremos.

La noche cayó y le dimos el gusto a Touhami de ir a cenar a su restaurant, o de su familia, o de sus amigos. No sabemos. Pero el nos acompañó, nos atendió y nos ofreció un descuento de 5 DH por ser sus huéspedes. Una tortilla y un cuscús nos alcanzarían para tener la panza llena. Después solo quedaría relajarse, sentarse a observar a la gente en la plaza (una de nuestras actividades favoritas) y de recorrer un poco Chefchauen, un pueblo que nos recibió con mucha más tranquilidad que Fez, pero con las mismas mañas.

Qué lindo es perderse por las calles Chefchaouen!

 


Día 4: «Descubriendo los sabores marroquíes «

El día no pudo haber comenzado mejor. El desayuno que nos preparó Touhami (anfitrión) incluyó huevos, té marroquí con menta, pan común y dos nuevos descubrimientos que nos tienen fascinados: el harcha y m’senmen, el primero de sémola y el segundo como una masa finita de panqueque.
Aprovechamos la resolana para subir a la montaña donde se puede obtener una vista genial de todo el pueblo y mientras sacamos fotos, intentamos sacarle una a un señor que trabajaba la tierra y en cuanto nos vio enseguida nos hizo el gesto de que no. Pedimos perdón y seguimos curiosos ya que ésta es la cuarta vez que no nos permiten fotografiar personas y también lo hemos visto con otros viajeros así que ya aprendimos que acá se debe preguntar.

Al subir otra montaña nos cruzamos con Sol y Fabián, argentina y francés, con los que pasamos horas hablando y pegamos tanta buena onda que coordinamos cena juntos.

Para seguir incursionando en la cocina marroquí por la noche elegimos un Tajín de verduras (foto 👆) que se cocina y se sirve en una vasija de barro. La noche estaba fría así que fue una caricia al alma jaja y después de horas de parlotear como cotorras volvimos a la casa por calles desiertas, solo quedaban los miles de gatos que habitan cada pueblo de Marruecos y los pibes jóvenes ofreciendo hachis.


Día 5: «Las dos caras marroquíes»

Cada día qué pasa, más nos adaptamos al estilo de vida marroquí. Rezos a las 6 AM por alto parlante, risas de nenes que juegan en la Medina, hasta la mezcla de olores de té con menta, pintura fresca, pan recién horneado y caca de gato.

Pero todavía nos faltaba poder quebrar el muro que había cuando queríamos hablar con un marroquí de su vida y él sólo veía en nosotros un número. Como dijo nuestro nuevo amigo Fabián: “A nosotros nos hablan pero no nos escuchan”. Por suerte, y por simplemente elegir otro camino, Mustafá se cruzaría en nuestro viaje.

De origen berebere (tribu nómada que en su mayoría vive en los límites de Marruecos con Argelia), este hombre de 30 años vive hace 15 en Chauen trabajando para una cooperativa que fabrica artesanalmente alfombras, telas, almohadones, etc. Siempre con una sonrisa, Mustafa fue el primero que cuando nos hablaba, nos miraba a ambos a los ojos (como ya contamos, para muchos marroquíes el hombre es el que tiene dinero así que Carola es un fantasma cuando se trata de vendernos algo).

Conocedor de Sudamérica, se lo veía curioso por saber acerca de nosotros tanto como nosotros queríamos saber de él. Té de por medio, pudimos conocer más sobre la relación entre Marruecos y el turismo, el hombre y la mujer musulmana y sobre todo nos sirvió para sacarnos el – tonto- prejuicio que siempre surge cuando uno llega a un país y porque algunos se quieren aprovechar, titula a todos de lo mismo.

Como pruebas de la vida, ni bien salidos de charlar con Mustafa nos tocó lidiar con un vendedor que, como muchos, nos atrajo dándonos charla (a diferencia de la mayoría de turistas, nosotros siempre contestamos cuando nos hablan, ya sea un artesano o un vendedor de hachis) y al insistirle que no teníamos Plata se ofendió y empezó a los gritos diciendo que éramos unos mentirosos, que si somos turistas tenemos dinero para comprar cualquier estupidez que nos ofrezcan. Por suerte la montaña nos sirvió para respirar y pasar el mal rato.

A la noche quedamos en cenar con Sol y Fabián como excusa para seguir hablando de nuestras vidas, planes, sueños, pensamientos y muchos etcéteras más. Tan larga volvió a ser la charla que nos cerraron el local y tuvimos que mudarnos de lugar. Esta vez, a Sinibad, un restaurant manejado por un marroquí que vivió mucho tiempo en Bcn y que estudió lenguas y educación social por lo que imagínense que la charla de cuatro termino incluyéndolo hablando de tantas cosas utópicas pero posibles.

Chefchauen nos encanta, si, pero creo que recordaremos el pueblo más por la gente increíble que conocimos que por su azul dominante.

 


Día 6: «Datos para no dejar sin escribir (?)»

Nos vamos de Chefchaouen hacia Merzouga así que todo el día es arriba del bus. Pero para no dejar esto vacío, les contamos algunas curiosidades y datos que nos fue dejando el viaje hasta el momento:

  • Las casas pintadas de azul en Chefchaouen se deben a que para los habitantes el color azul tiene que ver con lo inmenso como el mar y el cielo. A su vez, nos dijeron que el color no atrae a los mosquitos.
  •  Es muy común en los lugares más turísticos encontrar a alguien que hable como cinco idiomas: arabe, bereber, francés (ya que han sido colonia), español (por su cercanía a España) e inglés por razones obvias.
  • Está lleno de gatos por todos lados que suelen ser de cada familia pero andan por ahí y la gente los alimenta en la calle. Además en el Islam al gato se lo ve como cazador y guardián. En cambio a los perros los ven como animales sucios y todos los que nos cruzamos nos bajaban las orejas con miedo.
  •  Es muy común que la policía esté de civil dentro de las medinas ya que no quieren generarle miedo al turista. Nos vamos al desierto.

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